Ganar una votación, perder el alma

Roberto Blanco Valdés
roberto l. blanco valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Miguel Oses

06 feb 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

En el Parlamento británico era costumbre que, cuando por causas de fuerza mayor, un diputado del Gobierno no podía llegar a una votación, uno de la oposición se ausentase de la Cámara para no aprovecharse de una ventaja que se consideraba oportunista e ilegítima. No había norma al respecto, salvo la del juego limpio y la buena educación.

Desconozco si en estos tiempos —dominados en el Reino Unido por políticos mentirosos y juerguistas, incluso cuando su país está para pocas alegrías— sigue existiendo ese hábito de elegancia política o ha acabado pereciendo como tantas otras cosas de la época en que la política era algo más que una profesión que permite a mucha gente vivir mejor de lo que le posibilitaría su formación y habilidades.

En España, que llegó tarde a la democracia (la de 1931 estuvo, en su mayor parte, más cerca de la barbarie que de la civilización) se instaló, tras el generoso consenso de la Transición, un sistema político muy polarizado y, por momentos, cainita, donde vale casi todo para ganar la mano al adversario. Pero nunca, como ahora, las cosas han llegado al grado de romper las reglas de juego más elementales, casi siempre en el límite de lo que en democracia es admisible.

Lo fue meter por la puerta de atrás al vicepresidente Iglesias en el órgano de control del CNI. Haber colado, para combatir el coronavirus, una suspensión del derecho de libre circulación, bajo la apariencia de una simple limitación. O cerrar el Congreso por la pandemia. Decisiones ¡todas! anuladas por inconstitucionales.

Y lo ha sido impedir este jueves votar presencialmente a un diputado que había votado telemáticamente lo contrario a su voluntad por un error informático (algo al parecer imposible) o un error propio.

Más allá de toda la farfolla legal con que nos han obsequiado en estos días, lo sustancial es que la resolución de la Mesa del Congreso de 21 de mayo del 2012 para el desarrollo del procedimiento de votación telemática (https://www.congreso.es/cem/21052012vottelem) dispone que «el diputado que hubiera emitido su voto mediante el procedimiento telemático no podrá emitir su voto presencial sin autorización expresa de la Mesa de la Cámara que, en el supuesto en que decida autorizar el voto presencial, declarará el voto telemático nulo y no emitido».

A la vista de esa regulación —que prevé expresamente la posibilidad de que quien ha votado telemáticamente pueda hacerlo de forma presencial— resulta sencillamente inconcebible que, habiéndosele comunicado el error a la presidenta del Congreso antes de la votación de convalidación de la reforma laboral, esta se negase en redondo a permitir que el diputado expresase su voto conforme a su voluntad. Más allá de quién ha ganado y ha perdido, lo importante en este caso es que quien de verdad sale derrotada es la voluntad auténtica de la Cámara y un juego limpio que se ha roto a pura conveniencia del Gobierno, del que Batet ha actuado como un simple peón de brega. Un hecho fatal —¡otro más!— para nuestra democracia.