Almudena y el impúdico comercio

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Alejandro Martínez Vélez

05 ene 2022 . Actualizado a las 08:56 h.

Un personaje de Todo es silencio de Manuel Rivas asegura: «La sinceridad no es un buen negocio». Mucho antes, el coñón Oscar Wilde había escrito: «Un poco de franqueza es peligroso; pero mucha franqueza es absolutamente fatal». El alcalde de Madrid, Martínez Almeida, debiera haber leído estos dos testimonios y tenerlos como guía de actuación. La sinceridad es una virtud en las relaciones privadas. En política, como dice el personaje de Rivas, es un mal negocio. Quizá por eso ningún político la practica. Aunque César Casal ya escribió ayer sobre el penoso episodio del alcalde y la escritora Almudena Grandes («no merece ser hija predilecta de Madrid, pero yo tengo mis Presupuestos»), creo que es pertinente insistir algo más desde el punto de vista estrictamente político.

Martínez Almeida, a fuer de sincero, dejó al descubierto de forma que resultó impúdica el bochorno y las vergüenzas inconfesables de las negociaciones entre partidos. Todo el mundo sabe que Almudena Grandes nunca fue la escritora preferida de la derecha. Su interpretación de hechos históricos, los héroes de sus novelas, el fondo amargo de los odios ideológicos de sus personajes y la lealtad a sus propias creencias la convirtieron en una creadora idolatrada por las izquierdas y odiada por la derecha más militante. Para el resto del público que no la leía con apriorismos ha sido, sencillamente, una de las grandes novelistas del último medio siglo.

El Ayuntamiento de Madrid no tiene ninguna obligación de nombrarla hija predilecta. De hecho, esa distinción ya fue llevada antes a un pleno municipal y fue rechazada con los votos de PP, Ciudadanos y Vox, y no pasó nada. Se asume que tampoco un consistorio de izquierdas habría nombrado a un novelista conservador, por grandes que fuesen sus méritos. Se le dedica una calle, si es preciso, pero no se le distingue como hijo predilecto. Lo tremendo es que se traficó con el nombre de la señora Grandes. Fue moneda de cambio para el visto bueno de un Presupuesto. Y encima, se la desprecia con ese «no lo merece». Importa más el dinero —es decir, la cómoda continuidad en el cargo— que el relieve personal y literario.