La magdalena de Proust

Cristina Gufé
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OPINIÓN

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06 dic 2021 . Actualizado a las 09:45 h.

En pocas ocasiones, una anécdota puede llegar a alcanzar un significado tan profundo. Marcel Proust, autor de una de las obras literarias más influyentes del siglo XX, En busca del tiempo perdido, es conocido por curiosidades tales como que escribía en habitaciones forradas de corcho, aparecía con aspecto excéntrico en los salones de París o pasaba mucho tiempo en la cama. Se utiliza un formulario denominado cuestionario Proust y también se le recuerda por su magdalena, pastelito que se sigue produciendo, para regocijo de los turistas, en algún lugar de Francia.

 Lo cierto es que este escritor —hombre que causó preocupaciones a su padre, ya que parecía no ser capaz de situarse en la vida—, es considerado uno de los genios de la literatura.

En el primero de los siete libros que componen su novela, Por el camino de Swann, aparece el episodio en el que el narrador describe sus vivencias al saborear un trozo de magdalena. Cuenta la experiencia como algo tan extraordinario que lo traslada lejos de allí. Unido al placer sensorial del gusto en este caso, sucedía algo que lo sobrepasaba. La propia alma se estaba mostrando con su poder de recordar lo que está en el tiempo, pero es intemporal y aparece de modo caprichoso e irrepetible: «Pido a mi alma un esfuerzo más, que me traiga otra vez la sensación fugitiva».