El aeropuerto zombi

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

EDGARDO CAROSIA

31 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

En Nueva Orleans la tumba forma parte del folklore de la ciudad. Solo en la intersección entre Canal Street y City Park Avenue convergen nada menos que una docena de cementerios, y la ciudad es célebre por sus coloridos funerales amenizados con música. También por sus fantasmas, sus viejas supersticiones y la religión del vudú, que dio al mundo el personaje del zombi, el no-muerto. Aunque ya pocos crean realmente en esas cosas, en Nueva Orleáns te siguen contando la historia de Marie Laveau, que se pasea de noche por el cementerio de Sant Louis con su turbante rojo y negro con siete nudos, murmurando maldiciones de santería que, supuestamente, se pueden oír desde Rampart Street. O te cuentan el cuento de la novia fantasma que se aparece en el cruce entre Canal Boulevard y Canal Street; o el del autobús del otro mundo que recorre la ciudad abordado por difuntos, como la diligencia del As crónicas do Sochantre de Cunqueiro.

De modo que los muertos de Nueva Orleans, o al menos algunos de ellos, no están nunca muertos del todo. Y eso es lo que ha pasado con la antigua terminal del aeropuerto de la ciudad, el Louis Armstrong Airport. Como se construyó una nueva, se decidió que la vieja cerraría sus puertas en el 2019, por estas mismas fechas, que es precisamente cuando se conmemora el Día de Difuntos. De hecho, la antigua terminal tuvo un entierro como Dios manda en Nueva Orleans, con una banda tradicional recorriendo el vestíbulo y los largos y amplios pasillos al son de When the Saints Go Marchin’ In, agitándose y bailando como hacen allí las bandas en los funerales. Pero la terminal no quedó bien enterrada. Las máquinas de derribo se retrasaron unos meses y luego llegó de China el coronavirus, como si fuese el último viajero de los muchos que habían aterrizado allí, y todo quedó paralizado. Por una serie de razones burocráticas y de seguridad, incluso se dejaron encendidas las luces, y hasta el aire acondicionado. Y va para dos años que sigue así. Los paneles indicadores ya no muestran ningún vuelo, pero se siguen escuchando los avisos de seguridad por la megafonía general. En definitiva, la vieja terminal del aeropuerto Louis Armstrong ha pasado a ser, como quiere la doctrina del vudú, un muerto que más bien es un no-vivo, un zombi, el mayor de la ciudad, un personaje de un capítulo de Scooby-Doo. Es como el Hotel Le Pavillon, donde el personal no limpia un piso en concreto porque dicen que está embrujado; como la Lalaurie House, donde se observan apariciones extrañas en las fotografías que hacen los turistas con el móvil; como la Beauregard-Keyes House, donde vivió un inquietante general de la Confederación y ahora se dice que algunas noches se repite la batalla de Shiloh recreada por fantasmas en la sala principal.

Estaba previsto que este mes, de nuevo coincidiendo con el día de Difuntos, cerrase sus puertas, esta vez ya definitivamente, la vieja terminal del aeropuerto Louis Armstrong, pero me entero ahora de que vuelve a retrasarse la decisión. Mientras tanto, se dice que los empleados de la limpieza van a trabajar todas las noches con cierta inquietud. Ocasionalmente, se han rodado allí escenas para películas, anuncios y series de televisión, aprovechando el plató sin gente. Los skaters, los chavales con monopatines, hacen de vez en cuando competiciones por sus enormes espacios vacíos. Quién sabe si algunos de ellos, patinando solo por las salas de embarque vacías, no habrá oído algo: la voz fantasmal que anuncia un vuelo que no existe o el eco lejano de una banda que toca When the Saints Go Marchin’ In.