Decía Cicerón que las virtudes nacen de nuestra inclinación natural a amar al prójimo. La filantropía, el «amor al género humano», es inherente a los seres humanos. Filántropos somos todos, si entendemos la filantropía como una tendencia natural a dar, a ayudar, a cooperar, que no está ligada a la capacidad económica.
La razón que mueve a cualquier persona a realizar actividades filantrópicas es tan sencilla como dar algo que considera bueno y necesario, que está a su alcance, a los demás. Luego hay variaciones en las formas de dar. Como señalan algunos estudios, los millennials no quieren esperar al final de sus días y de una larga carrera empresarial o profesional para ver sus actuaciones filantrópicas en la sociedad, a diferencia de la filantropía tradicional entendida como una acción de madurez personal y profesional. Algunos ciudadanos donan por responsabilidad o por convicción moral o por solidaridad, porque han tenido más oportunidades que otros menos favorecidos. Otros, para conseguir cambios sociales de acuerdo con el ideal de sociedad en el que creen. Muchos optan por articular esa filantropía a través de las fundaciones, la institución filantrópica por definición, para lograr ese mayor impacto y dejar un legado filantrópico a las siguientes generaciones.
El tratamiento fiscal de las donaciones tiene su fundamento en el ahorro que representan para el Estado los recursos que se destinan a un fin de interés general que de otra manera tendría que financiarse con recursos públicos.
El donante tributa por lo que ha ganado con su actividad empresarial o su trabajo, y, si decide después desprenderse de ello y donarlo a una causa común en lugar de quedárselo en el bolsillo o destinarlo a otros fines, el Estado le devuelve un porcentaje de lo donado equivalente al impuesto pagado, a veces mayor o a veces menor (nuestro sistema incentiva más la donación de las rentas medianas). Pero, además, en realidad, la aportación del donante es mayor de lo que aportaría vía impuestos de no haber realizado la donación, pues, aunque se compense el impuesto, la cantidad finalmente donada es superior al propio impuesto.
La filantropía está recibiendo cada día mayor respaldo institucional. El Dictamen sobre la Filantropía Europea: un potencial sin explotar, del Comité Económico y Social Europeo, recomienda a los Estados miembros que reconozcan la filantropía como una forma de compromiso y participación de la sociedad, que creen un espacio para la filantropía y colaboren con los agentes filantrópicos. Considera que mejorando la capacidad y la complementariedad de las organizaciones filantrópicas para satisfacer necesidades reales de las personas vulnerables se contribuirá a mejorar y reforzar el estado del bienestar.
La OCDE ha realizado un análisis de los distintos sistemas de incentivación fiscal de la filantropía y de los argumentos a favor o en contra, concluyendo que la mayoría de los países coinciden en que merece la pena dar un trato diferenciado a la filantropía con el fin de incentivarla.
El golpe que la crisis del covid-19 ha asestado en todo el mundo ha sido y sigue siendo profundo y doloroso, y lo habría sido aún más de no ser por la inmensa ola de solidaridad que recorrió cada rincón del planeta, incluida España. Ha sido el esfuerzo colectivo el que ha conseguido que las consecuencias sociales de la pandemia no hayan sido peores, tal y como explica el reciente informe Goalkeepers 2021: innovación y desigualdad, de la Fundación Gates, la mayor institución filantrópica del mundo. Por esto mismo, a la vista del reguero de necesidades que ha dejado el covid-19, no es tiempo de cuestionar el altruismo, sino de animar a cada uno de nosotros a practicarlo desde sus pequeñas o grandes posibilidades.