Los peligros del fuego amigo

OPINIÓN

Sandra Alonso

02 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La política, como la luna, tiene dos caras. Una iluminada, que muestra la construcción y gestión de un espacio público democrático, justo, solidario y contributivo. Y otra oculta, solo conocida a través de complejas e indirectas observaciones, que aloja los egoísmos personales, la lucha por los poderes políticos y económicos, la defensa de los intereses parciales -sectoriales, de género, profesionales o territoriales- y el sordo pulso por la prevalencia de las ideologías.

Algunos autores, en diferentes épocas, quisieron ver la política como un todo inseparable, en el que el ejercicio del poder se extiende, sin solución de continuidad, por la cara y la espalda la luna. Pero otros estudios y otras épocas, como la Grecia clásica y la politología científica nacida en el siglo XX, prefieren circunscribir a la cara iluminada el marco preferente de las relaciones políticas, con una confesada y útil tendencia a equiparar la ciencia política con la teoría general de la democracia. De esto presumen sobre todo los progresistas, que, identificándose como devotos servidores de los suburbios sociales y los fracasos profesionales, siempre acaban teniendo -lamento decirlo- mucha más cara que espalda.

Por eso resulta extraño que, cada vez que se inicia la elaboración de los presupuestos generales, el BNG, adalid del progresismo, y obsesionado por demostrar la utilidad de las taifas secesionistas, renuncie a la idea de construir marcos objetivos para la distribución de los recursos y los impuestos que integran las cuentas públicas, y opte por atrincherarse en su potencial de chantaje -cifrado en un escaño que nadie necesita-, para convencer a los gallegos de que el arte de forzar el espacio público con presiones de última hora -«si necesitas mi voto lo vas a pagar a precio de gas y electricidad»- es el camino más fácil y directo para nuestro ascenso interminable al paraíso terrenal.