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La esperanza de vida de las fotocopias

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

19 sep 2021 . Actualizado a las 09:44 h.

Hace poco compré una cosa y me dieron el recibo. «Tenga cuidado -me dijo la vendedora-, el recibo es la garantía y la tinta se puede borrar a los pocos meses». Me recomendó que le hiciese una fotocopia. Me hizo gracia esta paradoja de que la garantía carezca de garantía. Quizás el producto se estropee antes de que se borre la garantía, o quizás suceda al revés.

Lo recordé estos días al leer que muchos medios de comunicación, al intentar recuperar las infografías que habían preparado hace veinte años para explicar los atentados del 11-S, se encontraron con que ya no funcionaban. En aquella época se utilizaba para eso un programa informático que dejó de actualizarse definitivamente el 31 de diciembre del año pasado. De modo que buena parte del trabajo periodístico que se hizo entonces, antes y después, ya no es accesible. No se trata de algo nuevo en la historia, la cual ya de por sí consiste en un poco de recuerdo y un océano de olvido. Las tablillas de arcilla sumerias empezaron a desaparecer en inundaciones en el mismo momento en que se inventaron como soporte para la escritura. El papiro estaba amenazado, entre otras cosas, porque era comestible (por eso Juvenal lamenta «la corta vida del papiro»). Las polillas han agujereado los textos entre el s. XV y el XVIII; el ácido del papel está destruyendo los libros publicados entre 1850 y finales del siglo XX. En el siglo pasado cundió la moda de microfilmarlo todo, sin que sepamos cuánto durará realmente el microfilme; y en 1960 se volcó a cinta magnética el censo de Estados Unidos y quince años después ya era ilegible.

Igual que el ser humano, la tecnología también pasa rápidamente de la adolescencia a la obsolescencia. Pero con la tecnología ocurre un fenómeno extraño: mientras que la esperanza de vida del ser humano aumenta, la de la tecnología va disminuyendo con el tiempo. El Concorde, que empezó a construirse el mismo año que empezaron a construirme a mí, lleva ya muerto más de veinte años. El reproductor de VHS y el disquete vivieron hasta los cuarenta, la media de lo que vivían los campesinos en la Edad Media, y el walkman apenas pasó de los treinta. En general, a lo largo de estos años, he visto a la música ir saltando de un medio de reproducción a otro cada vez menos longevo (el tocadiscos, el comediscos, el CD) hasta acabar refugiándose en el MP3, donde la calidad de sonido no es ninguna maravilla y su destino es incierto. Al final, el hecho es que la música sobrevive gracias a que los músicos la siguen tocando. Si tuviésemos que confiar en su versión «fijada» para la eternidad, como sucede con la literatura, la perderíamos irremediablemente. Igual que, si nos descuidamos un poco, se perderán todas las fotos y todos los textos que guardamos en formatos digitales, porque llegará el día en que ningún programa sabrá leerlos. Es una paradoja pensar que nunca en la historia la memoria de la civilización ha sido más frágil. Hoy en día se registra casi todo, pero prácticamente nada sobrevivirá.