La orca, la embarcación y la clase social

Pedro Armas PROFESOR DE LA UDC

OPINIÓN

24 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Cada verano, a un grupo de orcas le da por acercarse a las costas gallegas e interactuar con las embarcaciones de recreo. Las orcas vienen a lo suyo, siguiendo a los atunes rojos, que son suculentos pero no lentos, a los que intentan atrapar por agotamiento o por emboscada. Los yates por medio no dejan de ser un estorbo. A la altura del Estrecho de Gibraltar y el Golfo de Cádiz ya habían interactuado con embarcaciones pesqueras, robándoles atunes de las almadrabas, de los anzuelos o de las líneas de pesca, aprovechándose del trabajo de otros, que por algo son orcínicas.

Las orcas cautivas demuestran su inteligencia en los parques acuáticos, pero son aún más espabiladas en su medio natural. Se trata de cetáceos, mamíferos con un cerebro enorme. Disponen de un sistema de comunicación sofisticado, mediante clics de eco-localización, vocalizaciones moduladas y silbidos tonales. Muestran dimorfismo sexual, con machos más grandes, pesados y polígamos, que solo copulan fuera del grupo para evitar la endogamia, pero con una organización matriarcal de la convivencia y la supervivencia.

Pertenecen a la familia de los delfines, pero se comen a los delfines, a pesar de la buena imagen de Liberad a Willy. Son depredadores superiores, que comen también tortugas, marsopas, focas, tiburones y ballenas; de hecho, la denominación ballenas asesinas, tomada del whale killers inglés, es una mala traducción de asesinas de ballenas, como las llamaban antaño los balleneros españoles.