La cubana de La Habana

Pedro Armas
Pedro Armas PROFESOR DE LA UDC

OPINIÓN

Alejandro Martínez Vélez

24 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

A la cubana de La Habana le importa poco que ya no mande un Castro. De niña, cuando aún había de todo, le enseñaron a cocinar arroz a la cubana. Untaba con aceite su vieja taza de desayuno, la llenaba de arroz hervido, la volcaba como un flan, con salsa de tomate y huevo frito encima, a modo de homenaje a la madre patria, y la abrazaba con plátanos fritos, cual guirnalda caribeña. Ahora ya no emplata así, ya no está para presentaciones festivas; extiende el arroz por el plato y lo revuelve todo. Siempre fue más revoltosa que revolucionaria.

A la cubana le importa poco el peso del turismo en la balanza de pagos, le preocupa más que sus tíos de Florida puedan seguir viniendo a isla cada año y, sobre todo, le sigan girando unos cientos de dólares cada mes. Sabe que hay una Pequeña Habana en el cercano Miami; sabe que allí hay un lobby de cubanos; sabe que algunos balseros se han jugado la vida; sabe que hubo pies secos, pillados en tierra firme, y pies mojados, pillados en alta mar; sabe lo que es escuchar largos discursos con repetidas retahílas contra el vecino del norte; sabe que el vecino trata los asuntos cubanos como asuntos domésticos, porque considera el Caribe su Mediterráneo.

Con presidentes republicanos o demócratas, el vecino del norte se ha gastado millones de dólares en erosionar al castrismo. Los dirigentes del régimen han envejecido, pero los disidentes de Miami también. Unos y otros han obligado a la cubana a inventarse y reinventarse en un permanente estado de excepción. Todo es discutible, excepto que la soberanía del país pasa por la soberanía alimentaria. Sin embargo, continúa el embargo.