Mas mujeres, juventud y glamur

OPINIÓN

Ana Garcia

12 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Aunque mi carrera política transcurrió entre los 29 y los 39 años, con grandes éxitos y catastróficas caídas, sigo sin entender qué añade la juventud a un buen Gobierno, por qué se trata la madurez -a partir de los 50- como un hándicap, o por qué la vejez se destina a un gueto sin ningún horizonte. ¿Para qué quiere Sánchez más juventud de la que él mismo exhibe? ¿Por qué se empeña en identificar el cambio generacional con la progresía, la conciencia social y la transición ecológica? No lo veo. Y por eso me parece que el recurso a la juventud para presentar el nuevo Gobierno no es más que una forma de elusión de otros aspectos menos meditados de la remodelación. 

Tampoco entiendo que, una vez superada la igualdad de género, que se impone como un movimiento compensatorio de lo que, desde el más craso presentismo histórico, interpretamos como una secular manifestación de machismo, sigamos feminizando la política y la vida, como si la igualdad de género solo fuese una expresión correcta del firme convencimiento de que la mujer, solo por serlo, mejora la condición humana. No veo qué añade la feminización artificiosa a la calidad de un Gobierno que ya es artificialmente joven -es decir, que no representa la población española tal como es y se comporta-. Y por eso me parece que el recurso retórico a la feminización de un Ejecutivo que ya era más que igualitario, también oculta aspectos menos cómodos de su remodelación.

No entiendo que el viejo y multitudinario Gobierno, que en su origen habíamos calificado como «bonito», tenga que darse nuevas dosis de masaje progresista para distinguirse, mediante la generación de élites estéticas, por su glamur y juventud, cuando lo que hay que gobernar es una pandemia que no cesa, una crisis económica que aún no ha asomado todo su potencial desestabilizador, un paro juvenil de dimensiones apocalípticas, una desigualdad creciente, un sistema político maltrecho y enquistado en la rebelión catalana, un frentismo político que reduce nuestras posibilidades de asentar políticas dialogadas y cooperativas, y una sensación de que la nave del país tiene muy aflojadas todas sus cuadernas y deja entrar agua por la quilla en proporciones preocupantes.