Me gusta: ser el muerto del selfi

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

MARCOS MÍGUEZ

04 jul 2021 . Actualizado a las 10:12 h.

Somos evolución, pero, en ocasiones, evolucionamos mal o fatal. El hombre es un animal de prestigio. Necesita a la sociedad, verse en el espejo. Pero, a veces, elegimos de forma penosa el prestigio que buscamos. La tiranía de las redes, falsa y pretenciosa, ha mudado esa frase para petulantes de intentar ser el niño en la comunión, la novia en la boda y el muerto en el entierro por la pretensión instantánea y fugaz de ser el rostro del selfi más espectacular. Solo que el paso que dan algunos en su riesgo hace que se conviertan en el muerto del selfi.

El otro día, el Tour sufrió la imprudencia de una mujer que estaba en búsqueda y captura y fue detenida por una acción que provocó una montonera (los ciclistas caen como fichas de dominó, con el riesgo para su integridad física). La mujer quería salir en la tele o que la fotografiasen desde la otra cuneta y se metió en la carretera para mostrar un cartel de color marrón, en el que mezclaba el francés y el alemán. La frase decía «vamos, abuelo abuela». Muy encomiable que se acordase de sus abuelos, pero al pisar la estrecha pista de la Bretaña, allí son como aquí, en Galicia, estrechas e endiabladas, tumbó a un corredor del pelotón y provocó por lo menos cuatro abandonos (en el primer día de carrera) y numerosos retrasos en la competición de otros participantes. A ella no le pasó nada, con su chaquetón amarillo y sus gafas de sol, pero dejó el Tour desfeito.

Al sentir la noticia, la curiosidad me hizo mirar esa tentación absurda del selfi peligroso. Esa tendencia a buscar likes (me gusta) con auto fotografías que nos hacemos con el móvil y acercándonos a un paisaje espectacular, con los pies ya en el borde del acantilado o ya en el borde del más allá. Confirmé lo que me temía. Descubrí que España, en cifras del 2018, era el cuarto país del mundo en muertes por selfis peligrosos. Siempre tenemos que liderar el absurdo o coquetear con el triunfo en lo peor o lo más temible y temido.

La mayoría de los que perdieron la vida, todo su capital, en ese gesto narcisista, lo hicieron en lugares altos. Chavalas que se colgaron de un octavo piso para retransmitir el momentazo a sus supuestos amigos de las redes. Atrevidos que pisaron cantiles, bordes de cascadas, ríos y rocas. Los paseos por vías del tren o colgarse de cables de alta tensión puntúan en este lamentable ránking. Y luego están los valientes que se despidieron de la existencia por jugar con cuchillos, pistolas o granadas (sí, de las explotan, no, la fruta carnosa del granado).

Cómo se queda la familia. Cómo cuentas: me quedé sin hijo porque se puso en el borde de un ático para hacerse una foto y conseguir así que lo jalease la manada para nada. Es un secreto que se te clava dentro y que no se puede repetir en voz alta. Hay un párrafo hermoso, creo que de la Odisea. Habla de que nuestra mortalidad puede ser un bien, un bien para aprovechar cada segundo, porque cada segundo caduca: «Los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último, todo es más hermoso porque hay un final». Todas estas palabras ciertas, que pesan siglos, pierden su sentido cuando el instante preciado que buscamos es estirar el brazo como un mono, poner cara de guapo y darle al botón de foto en el móvil antes de caernos por el vacío del acantilado.