«Astra» el gorro de la manipulación

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Oscar Vázquez

30 may 2021 . Actualizado a las 12:38 h.

Cuando, a trancas y barrancas, comenzó la vacunación contra el covid-19, se produjo, muy probablemente por intereses comerciales aun hoy oscuros, una guerra contra la vacuna anglo-sueca de AstraZeneca, que se tradujo en una profunda desconfianza popular hacia una de las tres fórmulas de inmunización disponibles al principio.

Fue necesaria una gran campaña de información por parte de los poderes públicos, y, sobre todo, de los médicos, para que cientos de miles de personas que pensaban no vacunarse con AstraZeneca por miedo a sus posibles efectos secundarios acudieran responsablemente a hacerlo cuando fueron convocadas. Primero los grupos de riesgo de menores de 60 años y, luego, todos los comprendidos entre los 60 y los 69 fuimos a vacunarnos, la mayoría tan tranquilos, pues quienes tenían la responsabilidad de tranquilizarnos sobre la seguridad de la vacuna lo habían conseguido. Todos lo hicimos, además, a sabiendas de que pasadas doce semanas se nos inocularía una segunda dosis de AstraZeneca y deseando que ocurriera para quedar ya protegidos y proteger a los demás.

A la vista de esa historia, que resume lo sucedido hasta hace unas semanas, resulta insólito el esperpento que «esta ministra» (así se refiere Darias a sí misma) ha organizado con la segunda dosis de AstraZeneca. Por razones que desconocemos y que el Gobierno y «esta ministra» se han negado en redondo a explicar, ambos decidieron, primero retrasar la segunda dosis de la vacuna y, después, que los vacunados con AstraZeneca deberían recibir la segunda dosis no de la misma vacuna según recomienda el prospecto del producto, todas las sociedades científicas y la propia Agencia Europea del Medicamento, que ya había urgido previamente a no retrasar la administración de la segunda dosis, en contra de lo decidido por nuestro ejecutivo.

El Gobierno optó, finalmente, por fijar una segunda dosis de Pfizer, aunque forzado por las comunidades, y en especial por algunas, como Galicia, cuyo presidente denunció el errático criterio de Ministerio de Sanidad, permitió la vacuna con AstraZeneca, previa firma de un consentimiento informado que constituye una auténtica coacción, pues en él hay que manifestar «ser conocedor del infrecuente riesgo de desarrollar un síndrome de trombosis con trombocitopenia».

Pero ni la política de «meter medo», con informaciones parciales y oportunistas sobre el número de muertos por AstraZeneca, cuya manipulación ha denunciado con plena razón Núñez Feijoo, ni la «guerra sucia» de Darias, a la que se refirió aquí Mariluz Ferreiro en un artículo magnífico, han servido para nada: la inmensa mayoría de la población sigue optando por AstraZeneca, demostrando así su nula confianza en el Gobierno. Pero prueban otra vez que Sánchez no se para en barras cuando se fija un objetivo. Va a por él aun a costa de manipular a la opinión pública de una forma escandalosa y aun a riesgo de generar un miedo a las vacunas, que, si volviera a producirse, sería de su exclusiva responsabilidad.