Libertad de contagio

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Quique Garcia

15 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Sonaban las doce campanadas en el reloj de la madrileña Puerta del Sol y, sin ser la noche de Fin de Año, estallaba el griterío en las gargantas de los cientos de personas que pasaban del estado de alarma al alarmante estado que al grito polisémico de libertad reivindicaba la fiesta desinhibida, el botellón y la calle cuando todavía no se había decretado el final de la pesadilla pandémica.

Y sin toque de queda que pudiera impedirlo se tomaron calles y avenidas, plazas y alamedas, en un estallido sincronizado que alcanzó las principales ciudades españolas.

En nombre de la libertad se han cometido las mas grandes tropelías de la historia, cuando es harto reiterado que no se debe confundir, al menos, el tocino con la velocidad.

Y volvió a rehabilitarse la vieja sentencia de Fraga cuando proclamó que «la calle es mía», transmutándose en la consigna juvenil de la calle es nuestra que argumentaron muchachas y muchachos menores de cuarenta años, cargados de toda la irresponsabilidad que la situación no aconsejaba.

Se le atribuye a Nietzsche la frase que asegura que la responsabilidad es el precio de la libertad, y antes Michel de Montaigne dejo escrito que «la verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo». No fue así.

La noche en la que concluyó el estado de alarma hubo una estampida de la muchachada organizada contra la larga cultura del dolor, ignorando los ciento veinte mil muertos que este tsunami de virus mortales descontrolados ha generado en poco más de un año.

Las ciudades parecían repetir el famoso lienzo del pintor Delacroix La libertad guiando al pueblo, en su interpretación libre y sin banderas ondeantes, lo que me hizo recordar que junto a la neoyorquina isla de Ellis, donde guardaban cuarentena esperando poder vivir el sueño americano los confinados emigrantes europeos, estaba encendido, iluminando la esperanza, el faro, la luz de la Estatua de la Libertad. Más que un símbolo para combatir la libertad de contagio de la noche del 9 de mayo.

De todas formas, pese al extraño empecinamiento del Gobierno, no ha sido buena idea suprimir el estado de alarma dejando un vacío normativo peligroso. Todos estamos cansados, hartos, extenuados, pero es ahora cuando ya casi tocamos con los dedos la palabra fin, el final previsto de la exasperante pandemia que ya se vislumbra.