La indignidad en Cataluña no tiene fin


Lo del procés comenzó siendo una comedia política, devino después en farsa y más tarde en ópera bufa, pero hace ya tiempo que se convirtió en tragedia. Son ya nueve largos años los que lleva Cataluña sumida en el esperpento, sin que ni siquiera los terribles atentados terroristas del 2017 ni la pandemia del coronavirus hayan sido capaces de detener ni por un segundo la espiral de premeditada confrontación social y de nihilismo autodestructivo puesta en marcha por las fuerzas independentistas. Para quien no conozca la catadura de los protagonistas de este drama y la persistente labor de manipulación política y de tergiversación histórica llevada a cabo durante décadas en las aulas y los medios públicos, resulta incomprensible que no se haya generado ya una ola de protesta contra los que están llevando al descrédito internacional al que fue uno de los territorios más prósperos de Europa.

Después de haber tratado de convertir a España en la culpable de la ruina económica y política a la que han conducido sus desvaríos, la pelea barriobajera entre los partidos independentistas, incapaces de ponerse de acuerdo para gobernar ni siquiera cuando cuentan con una amplia mayoría, deja claro que lo que se esconde bajo el disfraz del llamado procés es una burda y encarnizada lucha por el poder que pagan, literalmente, los catalanes. Detrás de ese «Junqueras, traidor, púdrete en prisión», que cantan ahora los entusiastas de Puigdemont, se esconde toda la miseria de este despropósito. Para entender la dimensión del espectáculo lamentable que ofrecen ERC y JxCat basta la broma de que sea un partido anarquista y alentador de la violencia como la CUP el que pida «responsabilidad» a ambos partidos para que se avengan de una vez a formar un Gobierno.

Tres meses después de las elecciones, el futuro de siete millones y medio de catalanes sigue estando en manos del capricho y la lucha de egos de un prófugo de la Justicia y un presidiario condenado por sedición. Pero, llegados a este punto, es difícil discernir ya si para Cataluña es mejor que se pongan de acuerdo para repartirse las poltronas o que consumen su irresponsabilidad llevando de nuevo a los catalanes a las urnas. Siempre cabe la esperanza de que hayan colmado la paciencia de los ciudadanos y terminen siendo mandados a paseo.

Pero, mientras nos entretenemos con el espectáculo político, en Cataluña están sucediendo hechos gravísimos que lindan con el racismo propio de la Alemania de principios del siglo XX, sin que nadie parezca prestarles atención. En Cataluña, por ejemplo, se ha negado la vacunación contra el covid-19 a policías y guardias civiles mientras se inoculaba masivamente a los mossos. Y solo la justicia ha podido parar esa indignidad. El futuro político de los catalanes no tiene en este momento salida buena. Pero ya es hora de exigir a intelectuales, artistas, políticos y a cualquiera que tenga una relevancia social en Cataluña y en el resto de España que alcen la voz para que se ponga fin a esta locura. Callar ante tanta indignidad es convertirse en cómplice.

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