Una plegaria de optimismo


Adoro a Walt Whitman. Creo que pocos como él defendieron con tanta ansia la dignidad de la vida. Quizá nadie trucó así la baraja, en forma de versos, a favor de la libertad y de la tolerancia. Se fue a finales del siglo XIX pero leerlo es, todavía, pertinente y necesario. Más que nunca en estos tiempos. Era un optimista. Patológico, dirían algunos de los que se dedican a escrutar el lado amargo de las cosas. Yo, sin embargo, creo que era un terapeuta del optimismo. Esa virtud que precisamos con urgencia.

He dicho en numerosas ocasiones, hace un año contra tirios y troyanos, que la gestión de la Xunta en esta pandemia ha sido ejemplar. Habrá habido alguna comunidad autónoma que haya podido hacerlo tan bien como la nuestra. Ninguna mejor. Creo que la ciudadanía debe estar satisfecha con la gente que gobierna Galicia. Se dedicaron a lo que es su función primordial: resolver problemas y no crearlos. Colaborar lo indecible con aquellos que no sabían gestionar un ministerio que siempre ha carecido de funciones, comandado por un ministro de formas agradables pero pusilánime, y de la noche a la mañana se vieron abocados a hacer algo. Hacerlo bien era lo de menos. Su gestión fue nefasta y en Europa nos ponían de ejemplo en todo lo que no se debía hacer. Desde el portavoz de la pandemia que no daba una en el clavo, pero al que le hacían homenajes y camisetas, hasta las ocurrencias ministeriales. El presidente (que hace diez meses dijo que ya habíamos vencido al virus) nos dictaba uno o dos mítines por semana. Y el vicepresidente, que el 19 de marzo prometía arreglar de un brochazo el apocalipsis en las residencias de mayores, desaparecido y conspirando contra su propio ejecutivo. Fue vergonzoso. Y hay que recordarlo. En tanto Pedro Sánchez y Salvador Illa no acertaban, Núñez Feijoo, desde la humildad de presidir un pequeño gran país como el nuestro, cumplía con la comanda que le habían encargado los ciudadanos: hacer bien las cosas, no echar más leña al fuego de nuestra desolación, arreglar lo que podía (el material que Illa no sabía ni dónde encontrar) y transmitir la sensación de que en Galicia se estaba actuando con seriedad y rigor.

Recuerdo los trajes oscuros de Feijoo y también el rictus de su rostro. Quería decirnos que una de dos, o nos tomábamos en serio al covid, o nuestra Prosperidad se desvanecería en un muladar. Pasó lo peor. O eso queremos creer. Por lo tanto propongo en alta voz un ruego o plegaria: un poco de optimismo, nada más. Whitman lo decía ya casi al final de su aliento: «Give me the splendid silent sun». Dadme el sol espléndido y silencioso con todos sus rayos deslumbrantes. Una vida intensa llena hasta los bordes. Las excursiones multitudinarias. El coro inacabable y ruidoso. Los rostros y los ojos de una Galicia alegre. Como Whitman. O parecido. Eso quiero para siempre. Esta, y no otra, es mi arrebatada oración. Una plegaria de optimismo, nada más.

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