Gastos e impuestos, acelerador y freno

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

No disponible

20 abr 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El debate sobre los impuestos resulta extemporáneo. Todavía no toca. Estamos en la fase del gasto público expansivo y de la rebaja o mantenimiento de la presión fiscal. Ya sé que esto choca aparentemente con el sentido común, tal como lo expresaba aquel personaje de Charles Dickens: «Renta anual de veinte libras, gasto anual de veinte libras y seis peniques: resultado, la miseria (...), se ha hundido usted para siempre». Y así es en época de normalidad: gasto al alza, impuestos a la baja y déficit disparado: resultado a largo plazo, la bancarrota. Para evitar ese círculo vicioso, en tiempos de bonanza la política fiscal tiene que equilibrar ingresos y gastos. Si el Gobierno quiere aumentar el gasto, tiene que subir los impuestos. Si quiere bajar la presión fiscal, debe reducir el gasto. Así era hasta que nos golpeó la pandemia del siglo.

Pero en momentos de crisis, la función prioritaria de la política fiscal es otra muy distinta: debe estimular la economía para sacarla del hoyo. Cebar la bomba, que diría un keynesiano. Y hacerlo desde las dos orillas: inyectando recursos en vena, a costa de endeudarse, y manteniendo o rebajando los impuestos, para no dilapidar aquel esfuerzo. Las dos cosas. Lo que no se puede hacer es regar el huerto económico y al mismo tiempo agostarlo con la estufa fiscal. Es un sinsentido estimular con fondos públicos la inversión y el consumo, porque confiamos en el efecto multiplicador de cada euro bien empleado, y simultáneamente frenar la inversión o el consumo con una subida del IVA o del IRPF. Cualquier conductor sensato sabe que no se puede pisar el acelerador y el freno simultáneamente, porque el automóvil seguirá estancado y despilfarramos combustible que aún no hemos pagado. Haríamos un pan como unas tortas.

De momento no toca pisar el freno. Todavía estamos en la fase, aconsejada por la directora del FMI, del gasten cuanto puedan y guarden los recibos. A ningún gobierno sensato se le ocurriría en este momento aguar la gasolina con una subida generalizada de impuestos. Solo cuando la economía arranque y adquiera velocidad de crucero, entonces sí, habrá que recuperar los recibos guardados en el cajón y abonar la gruesa factura. Habrá que devolver el dinero que nos prestaron para pagar las vacunas o los ERTE, las ayudas a los autónomos o el plan de recuperación y resiliencia. La inevitable consolidación fiscal nos espera a la vuelta de la esquina.

Si el estaribel keynesiano funciona, una parte de la factura será endosada al recuperado dinamismo económico. En cuanto las empresas levanten cabeza y el empleo vuelva a florecer, los ingresos públicos también se recuperarán. Pero serán insuficientes para saldar la orgía de gasto utilizado para reactivar la maquinaria económica. Y entonces sí, Hacienda pasará el cepillo y apelará a nuestros bolsillos. Tengan ustedes la absoluta certeza: los impuestos subirán, sí o sí, gobierne quien gobierne. Pero anticipar la subida, porque nos produce vértigo el déficit desbocado, sería suicida. Cada cosa a su tiempo: un principio básico de la política económica.