No a la nacionalización de la producción de vacunas


En los últimos días, un buen número de economistas, políticos y opinadores está proponiendo la nacionalización de la fabricación de vacunas y la liberación de las patentes como mecanismo para acelerar la vacunación en el mundo occidental. A simple vista parecería algo necesario, incluso moralmente aceptable para un porcentaje no pequeño de la ciudadanía. Sin embargo, en realidad no pasa de ser una propuesta que no puede tener cabida en una sociedad libre y abierta que respeta los más elementales derechos civiles, aparte de no tener ningún efecto positivo real en términos de aceleración del ritmo de vacunación y obtener de manera más rápida la inmunidad general.

Pedir la apertura de las patentes o la nacionalización de los laboratorios, concretamente en el caso de la Unión Europea, es acudir a un recurso fácil y populista que no lleva a ninguna parte. Es necesario ir a la raíz del problema, que en la UE es doble: por un lado, la falta de suficientes capacidades propias de innovación y producción en toda la cadena de valor biomédica y sanitaria en comparación con otras economías desarrolladas, y, por otro lado, una estrategia equivocada de compra y negociación de las vacunas por parte de la Comisión Europea, donde, más que ser un socio para el desarrollo de las vacunas, se ha comportado como un gran demandante sin estrategia competitiva en un marco oligopolio-oligopsonio de laboratorios y países.

En un juego como este, a pesar de haber tenido una pronta iniciativa, la UE se quedó enseguida atrás conforme Gobiernos como el de Trump, Trudeau o Johnson (entre otros) rápidamente hicieron crecer exponencialmente el presupuesto destinado a la compra y distribución de las vacunas. Es evidente, por tanto, que el problema es la gestión que se ha hecho, no la escasez de vacunas, con lo cual no tiene ningún sentido cuestionar el sistema de propiedad industrial que ha permitido que en un tiempo récord se produzca de manera masiva y en todo el mundo la vacuna contra el coronavirus. La industria farmacéutica, con el apoyo de los Gobiernos antes mencionados, ha puesto todas sus capacidades al servicio del objetivo común que era encontrar la vacuna, hasta que se ha logrado. Sabemos perfectamente dónde está el problema: no nos esforcemos en crear más problemas donde no los hay.

En suma, es evidente el fracaso de la estrategia de la Comisión, pero más allá de esto hay graves problemas de fondo en el marco regulatorio de la UE. Es difícilmente explicable que compañías de origen europeo en el sector químico y farmacéutico hayan tenido que deslocalizar su investigación y producción para, a lo largo de los años, avanzar en los diferentes fármacos clave para el combate de las diferentes enfermedades que se extienden fuera del territorio europeo.

Por Javier Santacruz Cano Lecturer en Economics

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