Criterios, solo pedimos criterios

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Eduardo Parra | Europa Press

09 abr 2021 . Actualizado a las 09:07 h.

Si hoy es 9 de abril, queda exactamente un mes de vigencia del estado de alarma. Si de la voluntad de Pedro Sánchez depende, no habrá renovación ni prórroga. La lógica dice, en cambio, que si se agrava la cuarta oleada o vuelve a haber un descontrol de los contagios -«desmadre», dijo también el presidente- no quedará más remedio que ampliarlo. Las cosas funcionan con esa normalidad y a veces con esa necesidad de improvisar. Lo que no tiene sentido es lo que se empezó a decir desde el Gobierno: que las comunidades autónomas tienen recursos legales suficientes para adoptar las decisiones que el estado de alarma permite, desde los confinamientos a los toques de queda. ¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué no se levanta ya el estado de alarma? Entonces, ¿por qué se nos dijo que sin él las autonomías no podían adoptar ninguna medida que afectase a derechos fundamentales?

Es todo tan absurdo que se produce inevitablemente la sensación de que el Gobierno del Estado, cansado o aburrido, ha decidido salirse de la gestión de la pandemia y dejársela a los gobiernos autónomos. Como Pedro Sánchez proclamó varias veces la llegada de la «nueva normalidad», ha terminado por creer que ya estamos en ella y no es precisa su gobernación estatal. Todo es absurdo, naturalmente, pero hay algo de cierto. La prueba es el tiempo que lleva sin reunirse la conferencia de presidentes, que Alberto Núñez Feijoo reclama con urgencia. De hecho, pasó la mortífera tercera oleada sin que esa institución haya sido convocada.

He citado antes la palabra improvisación. Quizá sea inevitable, porque la pandemia no es previsible. Pero una cosa es la improvisación y otra el caos. Y estos días volvemos a vivir en la sensación de caos y falta de criterios. ¿A quién se le ocurrió, por ejemplo, hacer obligatorias las mascarillas en la playa, aunque haya distancia de seguridad? Hubo que rectificar rápidamente porque se había hecho el ridículo.

Siguiente episodio, la vacuna AstraZeneca. ¿Cómo es posible que nadie haya previsto qué se hace con la segunda dosis a quienes se inyectaron la primera? ¿Cómo es posible que la Unión Europea, que reclama exclusividad en las grandes decisiones, sea incapaz de elaborar un criterio único sobre la edad de las personas que se deben vacunar con ella? ¿Qué se ofrece al ciudadano que tiene problemas circulatorios y, por tanto, más riesgo de trombos? ¿Por qué no se explica cuál es el criterio para excluir de esa vacuna a menores de 60 años y obligar a los mayores, que son quienes tienen más peligro de trombosis?

Renuncia del Gobierno central a la iniciativa, inseguridad jurídica de las autonomías, atropello y falta de reflexión en algunas decisiones, confusión en torno a la vacuna más polémica...

¿Se puede hacer algo peor? No lo sé ni quiero ser pesimista; pero las cosas se pueden hacer mejor. E incluso con más sentido común.