¿Vienen los comunistas?

PODEMOS

En Tiburón, la obra maestra cinematográfica de Steven Spielberg, que bajo su aparente simplicidad esconde más capas que una cebolla, hay un diálogo entre Martin Vaughn, el alcalde de la apacible localidad turística de Amity, y el jefe Brody, responsable de la policía local. Tras hallar los restos despedazados de una bañista, Brody ordena cerrar las playas ante la evidencia de que se trata de un enorme tiburón blanco. Pero Vaughn se opone, para no asustar a los tranquilos veraneantes, de los que vive el pueblo. «Martin, todo es cuestión de psicología. Gritas: ¡barracuda! y todo el mundo dice: bueno, ¿y qué? Gritas: ¡tiburón! y cunde el pánico». En España, sucede algo similar con el sector de votantes moderados, que son los que deciden todas las elecciones porque alternan sin problemas su voto a la izquierda o la derecha, siempre que sean sus versiones templadas, convencidos de que gane uno u otro las cosas discurrirán sin sobresaltos y podrán seguir veraneando plácidamente.

A ese votante centrista le gritas «¡socialismo!» y te contesta «bueno, ¿y qué?». Pero si le gritas «¡comunismo!», sale despavorido en busca de otra opción. Felipe González lo tenía claro, y por eso no pactó nunca con el PCE de Carrillo ni con el de Anguita. Prefirió apoyarse en Jordi Pujol cuando le hizo falta. También Pablo Iglesias supo ver el miedo atávico que produce la palabra comunismo entre un amplio sector de votantes moderados. De ahí que en los inicios de Podemos, Iglesias renegara de su origen político. «Cenizos. Incapaces de leer la situación política del país. Que se queden con la bandera roja y nos dejen en paz. Yo quiero ganar», llegó a decir Iglesias sobre los comunistas, definiendo a Podemos como un partido socialdemócrata. En el 2016, le pregunté directamente: «¿es usted comunista»? E hizo tantos circunloquios para no decir que sí que tuve que cortar la respuesta porque se comía toda la entrevista.

Con esa negación estratégica del comunismo, Podemos llegó a tener 71 escaños tras las elecciones del 2016. Pero cinco años después, cuando atisba ya su final, Iglesias abandona el teatro político y entrega Podemos al viejo PCE. Independientemente de su perfil dialogante, ese es el único carné de Yolanda Díaz, elegida por él a dedo como sucesora en el Gobierno y propuesta como candidata a las próximas elecciones generales pese a no militar en Podemos. Comunista es también el ministro Alberto Garzón. Y el secretario general del PCE, Enrique Santiago, acaba de ser nombrado secretario de Estado para la Agenda 2030.

Esa vuelta a casa de Iglesias explica el fuerte declive de Podemos al que apuntan los sondeos, porque reduce el espectro transversal de potenciales votantes que tuvo en su día el partido morado. Y, aunque Podemos sea solo el cuarto partido en Madrid, según la encuesta que ayer publicó el CIS, y el socialista Gabilondo sea cualquier cosa menos un radical, el giro de Iglesias le ha servido a Ayuso para enarbolar el viejo grito: «¡Que vienen los comunistas!». Está por ver si los madrileños ven a Iglesias como una barracuda o como un tiburón.

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