Las mil caras de la pobreza


Hace tiempo que la clase media desapareció. La crisis del 2008 y la del 2020 arrasaron con aquellas postales de prosperidad que nos prometía el siglo XXI. Hoy se anuncian con mucha fanfarria ofertas de empleo de 1.000 euros, como si fueran un pasaporte de acceso al bienestar. La domesticación del proletariado: mil euros es más que nada. Más de lo que puede cobrar cualquiera de los 185.228 gallegos que hay desempleados en la comunidad. Pero la realidad es tozuda: muchos de los trabajadores son pobres. Sobreviven al día. No tienen capacidad de ahorro. En cuanto vienen mal dadas, vuelven al punto de inicio: a la exclusión social. A la ansiedad de no poder pagar facturas y alquileres, a renunciar a formar una familia, a sentir vergüenza y remordimiento por no poder comprar un par de zapatillas a sus hijos o el miedo al fracaso que lleva a dar esquinazo a familiares y amigos. Hablar de pobreza causa rechazo e incomodidad. Y más cuando hay que admitir que se sufre en carne propia mientras nos bombardean diariamente con falsos sermones de «si quieres, puedes». «El hijo del pobre es pobre. La pobreza se hereda», recordaba esta semana el coordinador de Cáritas en Galicia, José Anuncio Mouriño. Es una bofetada de realidad para quienes piensan que existe igualdad de oportunidades y que es más fácil vivir de la paguita que trabajar. Los números arrojan algo de luz sobre este fenómeno.

En el 2019 había en Galicia 540.000 personas en riesgo de pobreza, pero solo 52.807 -y tras haber sufrido los corrosivos efectos de la pandemia- han solicitado la renta mínima vital (IMV). Son pobres y no lo saben o se resisten a admitirlo: «Hay quien no viene a pedir ayuda por vergüenza y deberían. Creen que hay gente en peor situación. Nos preocupa muchísimo que se autoexcluyan», reconocía Mouriño. Su relato es una punzada al corazón. Conoce las mil caras de la pobreza, la de los «invisibles» para el Estado, como las mujeres víctimas de trata, inmigrantes en situación irregular o los trabajadores en negro. Pero también la cara de quienes habían salido adelante con mucho esfuerzo y se han vuelto a hundir hasta deshumanizarse: «Se abandonan a sí mismos y dejan de considerarse personas». Nos hemos acostumbrado a hablar de las colas del hambre y de las colas del IMV como solución a la pobreza en época de crisis, cuando lo que se necesita es desenrraizar la desigualdad crónica que sufre España y eso pasa por garantizar igualdad de oportunidades. No deja de ser paradójico que una organización como Cáritas, que lleva la caridad en su ADN, hable de autosuficiencia («no queremos que sean dependientes»), mientras el Estado aplaza una vez más sus deberes y fía el bienestar de los más vulnerables a un cheque que lleva meses taponado en la Seguridad Social. Es mejor que nada. Igual que el contrato del mileurista. Pero no resuelve el problema.

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