Los gólem


Muchos personajes tienen una historia distinta en el Talmud -el texto principal del judaísmo rabínico- que en la Biblia; es el caso de Lilith, que para el Talmud fue la primera mujer -Eva fue la tercera- o el mítico gólem.

 Es una especie de autómata construido con barro por santos e ilustres rabinos de la Edad Media, un coloso inspirado en la creación de Adán, un personaje hecho de arcilla al que se le puede insuflar la vida a través del poder divino exclusivo de los grandes rabinos.

El gólem es tan tonto como poderoso, puede realizar cualquier tarea que se le pida -desde proteger el gueto de Praga hasta traer agua del río-, pero siempre de un modo literal. El gólem no piensa, no habla, no tiene alma, se limita a ejecutar las órdenes que se le dan. Coloquialmente, los judíos utilizan el «no seas gólem» cuando quieren señalar a alguien que actúa como un robot acatando las órdenes sin pensar.

La informática Sylvia Díaz Montenegro en Utopía, un texto coral recientemente publicado, utiliza el concepto de gólem para referirse a la tecnología sin alma que empapa todo: las empresas telefónicas, los bancos, el sistema sanitario, las compañías eléctricas y todo ese mundo en el que no hay diálogo humano posible, sino una serie de sistemas automatizados que escapan incluso al control de los propios trabajadores de la entidad. Basta con intentar resolver una avería telefónica, una duda bancaria, un corte de luz o una consulta médica por teléfono, para comprobar que estamos golemizados y que nos relacionamos con la misma incapacidad crítica, acatando resignadamente las indicaciones y silencios que nos indica el gólem tecnológico.

Pero no solo se trata de lidiar con los gólem parlantes cuando uno tiene alguna duda o problema técnico. La sociedad en general está sufriendo un proceso de golemización en el que las cosas y las gentes también se están deshumanizando.

La globalización, el vértigo de la novedad y el consumismo compulsivo han llevado a una golemización generalizada del mundo, dónde bares, tascas, vehículos, moda, políticos y ciudadanos están perdiendo el alma.

Legislan sin alma y acatamos sin alma; nos subordinamos a una obsolescencia del mercado que impide cualquier apego porque no dan tiempo a insuflar un hálito de vida perdurable a nada.

Tantos locales encantadoramente cutres que, subidos al carro de la golemización, cambiaron sin pensarlo en restaurantes de diseño cutrelux perdiendo el alma y los clientes.

Tantas gentes que rinden sus rasgos a la cirugía estética perdiendo sus defectos de identidad y con ellos el alma que los hacía diferentes y atractivos.

Tantos gólem que acatan sin rechistar lo que nos venden los desalmados señores del aire.

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