Cataluña, Escocia, Quebec: una lección

Roberto Blanco Valdés
roberto l. blanco valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Partidarios de la independencia de Escocia durante una manifestación
Partidarios de la independencia de Escocia durante una manifestación RUSSELL CHEYNE | Reuters

04 abr 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Abierta aún la investidura del presidente de la Generalitat, todo indica que el acuerdo que probablemente cierren ERC, la CUP y JxCat incluirá, entre sus puntos esenciales, la celebración de un referendo de autodeterminación, que sería, por supuesto, tan inconstitucional como las consultas precedentes, aun en el caso poco probable, pero no imposible, de que contase con la eventual autorización del Gobierno que preside Pedro Sánchez.

 En España, convertida ya en el reino de la confusión en tantas esferas de la vida nacional, la cuestión del referendo divide a la población en tres fracciones: los independentistas, partidarios de la consulta; los defensores de la unidad nacional, opuestos al referendo; y un curioso tertium genus que combina atrabiliariamente las dos posiciones anteriores: los que, contrarios a la secesión de Cataluña, son partidarios de consultar a los catalanes, y solo a los catalanes, aunque el asunto afecte al conjunto del país, para que decidan sobre la separación.

Esta pintoresca posición (referendo sí, secesión no), que es la de Podemos, -cuyos líderes, lastrados por la ausencia de una buena teoría, no acaban de entender en qué consiste la democracia de verdad- parte de dos errores garrafales: el primero, prueba de una total ignorancia, consiste en afirmar que todos los pueblos del planeta (y entre ellos, las supuestas naciones sin Estado existentes en España) tienen derecho a la autodeterminación; el segundo, que una vez celebrado el referendo, aunque su resultado fuera contrario a la secesión (como, según parece, ellos desean) la reivindicación separatista desaparecía ante la presunta decisión democrática del pueblo.