La gran victoria de Pablo Iglesias


Tras 442 días como vicepresidente, el aún líder de Podemos dejó ayer el Gobierno con un balance que este diario resumía con exacta concisión: «El líder de Unidas Podemos se despide del Ministerio de Derechos Sociales con una sola ley aprobada, sin haber pisado una sola residencia de ancianos, teniendo polémicos rifirrafes con varios miembros del Ejecutivo y culpando a los medios de buena parte de sus males».

Desde una vicepresidencia pagada con el dinero de todos, Iglesias se ha dedicado exclusivamente a la actividad partidista de agitación y propaganda dirigida sobre todo contra varias fuerzas constitucionalistas, a las que sin tregua ha tildado de fascistas por defender ideas que comparten los grandes partidos europeos. De hecho, nadie sería capaz a estas alturas de definir cuál ha sido la labor institucional del ya ex vicepresidente, lo que lo convierte en el ministro más superfluo, conflictivo y desleal de nuestra reciente historia democrática.

Por si todo ello no bastara, Iglesias ha batido un récord por el que cualquier otro habría pagado un precio altísimo: hacer ministra a su mujer. Pero el líder de Podemos, que está convencido de ser moralmente superior al resto de españoles, ha tratado de vender como un acto ¡feminista! tal manifestación de desvergonzado nepotismo, demostrando así que su impudor no tiene límites.

No seré yo quien niegue a Iglesias, sin embargo, un éxito evidente: haber influido decisivamente en el completo desplazamiento hacia el radicalismo político e ideológico de un partido situado en el centroizquierda socialdemócrata hasta que Zapatero llegó a su dirección. Porque ha sido la alianza con Iglesias y con todas las fuerzas que de la mano del líder de Podemos se han convertido en aliados fijos u ocasionales del Gobierno (de ERC al BNG, pasando por EH Bildu o Más País) la que ha llevado al sanchismo a romper definitivamente las amarras con el socialismo que emergió en 1977 como una de las fuerzas clave de nuestro pacto constitucional.

Es la contribución a la España de 1978 de los socialistas que Adriana Lastra, con una mezcla de desprecio y arrogancia, denomina nuestros mayores («Escucho a nuestros mayores, pero nos toca a nosotros dirigir el país y el PSOE») la que el actual grupo dirigente, que Sánchez domina como su finca privada (liderar es otra cosa), ha tirado por la borda con el decidido empuje de Podemos. La defensa del pacto constituyente como la mejor página de nuestra historia, la política de reconciliación nacional que la posibilitó, el veto a quienes no condenan con claridad el terrorismo, el aislamiento de los enemigos políticos de la unidad nacional, la neta defensa de la monarquía parlamentaria como elemento de cohesión política y territorial, todo eso ha ido abandonando por el camino este mal remedo del PSOE, que ha dejado en la cuneta a millones de españoles, a los que Sánchez y su gente descalifican por añadidura con dureza por respaldar lo que los propios socialistas defendían entre 1977 y el 2004.

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