El público pedirá que no lo estafen


A la una menos cuarto de la tarde del 10 de junio de 1948, durante una exposición tecnológica en Barcelona, se llevó a cabo el «estreno» de la televisión. La empresa Philips Ibérica instala una cámara unida por cable a un monitor situado a treinta metros. Y se ve. Después, 1948, emiten una corrida de toros en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en la que no se distingue ni a los toros ni a los toreros. El público se siente estafado y exige que se le devuelva el dinero. Ya en 1956, el 28 de octubre, TVE inicia sus emisiones desde un chalé en el Paseo de la Habana madrileño. Los deportistas, y los artistas, y los periodistas con sus informaciones entraban en las casas como si fueran suyas. Descubrimos que los rusos jugaban al baloncesto y que eran hercúleos o polifémicos. Que los gallegos Luis Suárez y Amancio dibujaban filigranas con el balón. Que cantar y bailar y contar chistes parecían profesiones de futuro. El entretenimiento era la clave de un invento maravilloso. El entretenimiento y la información, natural o de artificio, disponían de su mejor plataforma de expansión. Y así hasta hoy.

Mucho han cambiado las cosas para que una invención humana tan óptima se haya convertido, una parte, en la peor vergüenza y humillación que sufre ahora mismo España. Una humillación que supera los impudores de la política o su mala gestión. Que vence a la peor de las corrupciones dinerarias que hemos padecido. Que adelanta por la izquierda al oprobio que sufren los que escuchan promesas que pronto se convierten en mentira. Que vulnera lo que somos, humanos, hasta límites nunca antes sobrepasados. No toda la televisión es así, por fortuna.

Y ahora hablo de otro asunto. O del mismo. La cadena televisiva más vista desde hace meses en España pertenece toda ella a capital italiano. Cabría preguntarse cómo es posible que haya sucedido algo así, con total aquiescencia del Gobierno de turno. «Pan y circo», decían los romanos para tener acalladas las críticas. El pueblo, anestesiado, contemplando cómo los gladiadores se sacaban la piel sobre la arena. La audiencia del canal al que hago referencia es de récord en todo lo concerniente al «circo” (donde se sacaban la piel). Su audiencia en 2020 fue de 14,6 %, a tres puntos de su directa competidora y a más de cinco de la cadena pública. Me queda preguntar cómo los televidentes podemos soportar a los nuevos gladiadores. Y no solo soportar. Sino comentar o escribir reflexiones como esta. Han hecho de una lacra de la sociedad, el maltrato machista, un negocio redondo. Sin escrúpulo alguno. Entre lágrimas y políticos preponderantes (incluso una ministra) declarando en un programa que recoge el lado oscuro de los seres humanos: su intimidad. Lo hacen en función del share. Lo hacen contra uno que colaboraba con ellos hasta hace unos días y ahora lo denigran. Lo hacen por encima de jueces o jurados: ellos son el dedo que salva o acusa. Lo hacen solo por dinero.

Algún día se convertirá, este circo infame, en aquella corrida de toros primitiva de la televisión: el público pedirá que no lo estafen.

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