Galicia y la descentralización infinita


Tras los encuentros entre el presidente de la Xunta y los líderes del BNG y el PSdeG, no faltó la consabida monserga en ese tipo de reuniones: la exigencia de más descentralización y competencias, terreno en el que curiosamente suele reinar el acuerdo entre partidos por encima de sus inevitables diferencias. Y ello por más que para unos dirigentes aquella exigencia sea poco más que una concesión para el diálogo y en otros el verdadero centro de sus preocupaciones sobre el futuro de la comunidad. Basta ver las declaraciones posteriores de Feijoo y de Pontón para darse cuenta de esa notable diferencia.

Sea como fuere, tal reclamación de más poder regional, explicable cuando echó a andar la descentralización, hace ahora ¡cuatro décadas! (un movimiento centrífugo que significaba traspasar a los territorios autonómicos poderes entonces concentrados en un Estado no solo muy centralizado sino también -lo que reforzaba la centralización- muy autoritario) está hoy fuera de lugar.

Tal pretensión de centrifugación permanente del poder, tal delirio de una descentralización infinita, se mantiene cuando España es, para cualquiera que sepa algo del asunto, un Estado de naturaleza federal: un federalismo en todo menos en el nombre, según Ronald Watts, un prestigioso federólogo. Ello resulta solo explicable por el origen del Estado autonómico español: en los federalismos donde se camina de un Estado centralista hacia la federalización (como también ocurre en Bélgica), la preocupación, a veces obsesiva -ahí está España- es trasladar competencias del Estado a las regiones. La situación resulta muy distinta en las experiencias federales, donde la unión se construye desde la previa desunión (Estados Unidos, es el prototipo), casos en los que más que la descentralización preocupa la cooperación y la coordinación.

Si la cuestión es la de las relaciones entre los Estados de la UE, muy pocos defienden ya que la unidad es negativa y positivo el mantenimiento del poder de los Estados.

Que visto el caos en que la pandemia ha hundido a España, y vistos los desastrosos resultados que han acabado derivándose de la ausencia de una eficaz cogobernanza, haya todavía quien viva obsesionado con seguir avanzando (¡hasta dónde!) en la descentralización y no en mejorar la coordinación y la colaboración entre el Estado y sus territorios da idea de cómo la estupidez según la cual descentralizar es siempre bueno y centralizar es siempre malo, ha calado en nuestros partidos.

Aunque solo, claro, cuando tratan de las relaciones entre el Estado y sus territorios. Porque -seamos claros- si la cuestión es la de las relaciones entre los Estados de la UE, muy pocos defienden ya que la unidad es negativa y positivo el mantenimiento del poder de los Estados. Los nacionalistas, siempre tan coherentes, están entre los que sostienen al tiempo lo primero y lo segundo: descentralizar el Estado y centralizar en las instituciones de la UE.

Ocurre que lo que parece una contradicción no es tal. Pues los nacionalistas conciben el proceso de unidad europea como una de las grandes palancas para acabar con los Estados, que es, dejémonos de historias, su único y auténtico objetivo.

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