¿Qué pasaría si Astrazeneca fuera española y Evergreen italiana?

Si el 11 de septiembre inauguró la primera década del siglo XXI, el portacontenedores del Canal de Suez ha sido la guinda en el pastel de este inicio de años veinte, en el que el planeta ha dicho basta


Por si no nos gustaba el caldo de coronavirus, el mastodonte del canal de Suez nos trae la segunda taza de hiperrealismo. Somos frágiles, hojas caducas, pero no lo asumimos. Somos adultos, pero queremos seguir amaneciendo tomando gintonics en la Puerta del Sol. O en un parque de Oleiros. O en el Tiergarten de Berlín. Los psicólogos lo llaman síndrome de Peter Pan. Que ya no es síndrome sino pandemia.

Hace años, trabajando en un concurso privado que se decidía por concurrencia competitiva, mi compañero de proyecto me habló de otro síndrome, el del coche alemán y el coche italiano. Yo le planteaba no cumplir fechas y pedir el día de gracia que autorizaba el pliego. Pero él fue tajante: «Eso que lo haga The Guardian. Que es de quien no se lo esperan. Pero no nosotros, que somos españoles. Si te compras un coche italiano, y a los dos años te falla, todo el mundo te va a decir que se veía venir. En cambio, si te compras un coche alemán y se estropea, dirán que eres un burro conduciendo. Y que menos mal que te compraste una berlina alemana y no un deportivo italiano».

AstraZeneca es una compañía global con sede en Cambridge. Astra AB fue fundada en 1913 por farmacéuticos suecos. En 1994 se fusionó con el gigante estadounidense Merck & Co. Un año antes, la Imperial Chemical Industries, con base en el Reino Unido, segregó su negocio farmacéutico y formó Zeneca Group. En 1999, Astra y Zeneca se fusionaron para formar un consorcio mundial que desde hace meses está en boca de todos. La seguridad de la vacuna de AZ, hecha a medias con investigadores de Oxford, está en entredicho. Contra toda lógica científica, puesto que, como publicamos casi a diario en La Voz, el porcentaje de vacunados que ha tenido graves patologías tras recibir una dosis es tan bajo como el de personas que sufren las mismas dolencias sin haber recibido la inyección.

Ever Given es un barco portacontenedores de 400 metros de eslora. Si existiera una grúa capaz, no solo de desencallarlo de la arena del canal de Suez, sino de ponerlo de pie, se quedaría a 15 metros de las Torres Gemelas de Nueva York. Si el desplome del World Trade Center, el 11 de septiembre del 2001, inauguró la primera década del siglo XXI, ese gran rascacielos flotante varado en las dunas del desierto de Ramana, con 220.000 toneladas de mercancía, ha sido la guinda en el pastel de este inicio de años veinte en el que el planeta ha dicho basta. Hasta aquí hemos llegado. Yo me bajo de este mundo, que diría Mafalda.

Ever Given. Bandera panameña. Propiedad de la firma japonesa Shoei Kisen y al servicio de la taiwanesa Evergreen Marne. Fletado por el operador alemán BSM. El accidente de Egipto no es el primero que sufre. En febrero del 2019 dejó para la chatarra un ferry de pasajeros al que embistió en el río Elba, en Hamburgo. Por suerte para las cabezas biempensantes del norte de Europa, ni AstraZeneca es española ni Evergreen es italiana. Desde el siglo XIV, el comercio mundial está en manos de las grandes familias hanseáticas del norte de Holanda y Alemania, que luchan contra piratas daneses e ingleses por el control del Báltico. Es decir, por gobernar el mundo.

Mientras tanto, el virólogo español Luis Enjuanes avanza en la vacuna española. Como explicó esta semana en La Voz, será intranasal, requerirá una sola dosis, protegerá contra todas las variantes y se fabricará en O Porriño. Lenta pero segura, nuestra pequeña vacuna, una frágil dorna de ribeira. Insumergible en este océano global infestado de piratas.

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