Elecciones generales a la vista


Los romanos lo tenían claro ya hace siglos. Qui cum pueris pernoctat, excrementatus alboreat. Es decir, por traducirlo finamente, quien con niños se acuesta, excrementado amanece. La situación de máxima inestabilidad política que vive España, no a causa de la pandemia, sino a pesar de ella, es la consecuencia lógica de que, en un uno de los momentos más graves de su historia, el destino del país se haya dejado en manos de partidos dirigidos por líderes de comportamiento caprichoso e infantil, y por tanto impredecible. La espantada de Pablo Iglesias y la vuelta a la radicalidad de Oriol Junqueras conducen a España a un adelanto de las elecciones generales y llevan a Cataluña al precipicio tras un pacto entre ERC y la CUP que echa por tierra la teoría de Sánchez sobre el giro moderado de sus socios republicanos y deja el futuro de casi ocho millones de catalanes y del 20 % del PIB español en manos de un grupo anarquista que defiende propuestas tan moderadas y estimulantes como la salida de la Unión Europea y del euro; la «colectivización» de la propiedad privada; el impago de la deuda o el «boicot» a la economía española. Dos escenarios, las elecciones generales y el retorno del caos en Cataluña, que son lo contrario a lo que se necesita en un contexto económico internacional que lo que pide son certezas, y no incertidumbre y aventuras políticas.

Aunque muchos pensaron que su llegada a la Moncloa sería un baño de realidad y madurez, Pablo Iglesias ha dado la razón a quienes advertían de su frivolidad. El abrupto abandono de la vicepresidencia del Gobierno para dinamitarlo desde fuera, su retorno al discurso guerracivilista del no pasarán y su amenaza a lo Putin de meter en la cárcel a los rivales políticos son la demostración de que el líder de Podemos es un personaje radical, inmaduro y muy poco fiable, pero también de que está ya en un escenario de ruptura de la coalición. Evidentemente, su plan de futuro no es ser vicepresidente de un Gobierno autonómico del socialista Ángel Gabilondo ni, lo que sería más probable, liderar el tercer o el cuarto partido de una Comunidad de Madrid presidida por Isabel Díaz Ayuso.

Pedro Sánchez sabe perfectamente que con ERC de vuelta al monte y con Iglesias desencadenado, fuera de control y haciéndole la oposición, no se puede gobernar. La campaña de las elecciones madrileñas, que promete ser una de las más sucias de nuestra democracia, agrandará la quiebra en el Ejecutivo de coalición. Gabilondo ya dijo ayer que «con este Iglesias» no quiere pactar, aunque es evidente que si tuviera la oportunidad de hacerlo, lo haría. Ese discurso es solo el ensayo del que Sánchez va a mantener en la campaña de las generales, poniéndose de nuevo el disfraz de hombre de Estado moderado y diciendo que ya no puede confiar en Iglesias ni en Junqueras porque le han traicionado. Pero, tras haberse acostado con partidos como Unidas Podemos, ERC o Bildu, lo que no puede pretender Sánchez es hacerse ahora el sorprendido al despertarse y comprobar el estado lamentable en el que ha quedado la cama.

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