La política y el gato de Schrödinger


Cuesta creerlo. Pero es verdad. Nunca la política había caído más abajo. En democracia no recordamos un abismo como este que vivimos y padecemos: la política concebida en función de intereses personales y alejada del servicio público, ese que una y otra vez reiteraban los prebostes de la Transición (nunca suficientemente valorados). A mí, bendita juventud, me costó entender que hay muchas personas en la política que tienen vocación de servicio público. Miren a los alcaldes de ayuntamientos diminutos que días tras día se afanan en la labor de favorecer la vida de sus vecinos. Miren los que viven veinticuatro horas al día para servir a los demás. Los hay. Ahora no son mayoría.

No es fácil ser político de los buenos. Lo que abunda en este momento son los pésimos. La semana pasada hemos vivido episodios, uno tras otro, que nos han llevado a pensar que algunos debían desaparecer del circo político. Pablo Iglesias, el primero. Ha sido una herida para este país. Lo sigue siendo. Y su ambición y su ego, ilimitados, intentarán perseverar en la perfidia. Sin sus círculos, y su democracia interna, y sus primarias, y sus votaciones, intentó erigirse como líder de una izquierda quimérica. Los de Errejón le pararon los pies acusándolo, incluso, de machista. Y la ciudadanía, perpleja ante este dislate, esperando que las vacunas y la peste lleguen a un apaño y nos dejen vivir, en definitiva.

Galicia ha dado ejemplos de serenidad y cautela y responsabilidad en este río revuelto. Con eso me quedo. Un editorial de La Voz de Galicia del pasado miércoles pedía, con insistencia, cordura. Pedía, en definitiva, que el sentido común imperase donde ya solo impera eso que ahora llaman «el postureo». Se titulaba «Respeten la democracia». Respeten la opinión de la gente. Respeten a los que queremos salir de esta peste y volver a vivir. Respeten a los que pensamos que un pacto vale más que un pleito, y un acuerdo más que una moción de censura, y una verdad mucho más que mil mentiras. Hay políticos que están y no están, y en esta línea perseveran en los últimos años. Son como el gato de Schrödinger. ¿Lo conocen? No les voy a hablar de física cuántica, no es lo mío. Pero sí de la metáfora que esta paradoja alienta: un gato hipotético que puede estar simultáneamente vivo o muerto. Es lo que acontece en la política española. Sucede que individuos que han marcado nuestras vidas desde hace más de dos años, en realidad son ineficaces y demagógicos. Pero España es mucho más que todo esto. En Galicia disfrutamos de estabilidad porque así lo han elegido los gallegos. Quedémonos con esto. Porque si seguimos pensando en Madrid y en Iglesias (y en quien lo introdujo en el Gobierno) y en lo que queda por venir, ya solo nos abrazamos al gato. Existe y no existe. Una tragedia.

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