La historia inmemorial de la mujer


Aunque el adanismo actual da a entender que la mujer no tuvo vida social hasta que los progresistas la despertaron, su historia -como la de los hombres- no es lineal. Tuvo tiempos mejores y peores. Roma y el Renacimiento, por ejemplo, nos dieron bastantes lecciones. Y la evolución esencial del papel de la mujer se relaciona más con los avances técnicos y científicos, las guerras, las necesidades de la economía industrial, y con los desequilibrios demográficos provocados por las migraciones y el proceso de urbanización, que con las manifestaciones -progubernamentales- que organizamos ahora.

Algunas cosas que hoy se tienen por progresos de la mujer -ser picadoras en las minas, integrarse en las fuerzas armadas, trabajar en la construcción o en las fábricas-, no eran privilegios, precisamente, cuando los hombres morían como moscas en minas inhumanas, formaban las mesnadas medievales que se chuzaban y destripaban a capricho de sus señores, o asumían cosas tan duras antes, y placenteras ahora, como navegar, transportar mercancías o deslomarse en talleres insalubres que funcionaban con la energía del sudor y la refrigeración de las lágrimas.

Que el Día de la Mujer Trabajadora se remonte a 1911 -aunque no se globalizó hasta 1975-, nos indica que nuestras bisabuelas ya vivieron cambios profundos; que mantuvieron la producción industrial y agraria durante las guerras mundiales; que araron los campos, educaron a los niños y administraron sus pequeñas haciendas en los tiempos de «viúvas de vivos e mortos» que cantaba Rosalía. Y que llenaron de vida, aunque empezando por abajo, la revoluciones industriales, hospitalarias, administrativas, sociales y educativas que vivió el mundo -de forma acelerada- desde mediados del siglo XIX.

También fueron las madres de los padres de las manifestantes de hoy las que asumieron el impacto de los modernos medios anticonceptivos, de los cambios que produjo el ADN en las estructuras parentales, y las que ingresaron en los trabajos de fuerza bruta -mineros, guerreros, constructores, pescadores y obreros fabriles- gracias al manejo de maquinaria especializada, de blindados y bombarderos, de martillos neumáticos y ametralladoras, de petroleros y portaviones digitalizados, segadoras con aire acondicionado, y tractores y camiones que hoy se manejan mejor que un «600». Todo eso, y algún discurso tardío, está en la base de la feminización de un mundo que otrora fuera masculino, y que nadie echa en falta.

Ahora, con la manía de reescribir la historia, nos hacen creer que este avance no fue tan racional, normal y oportuno como los demás avances; o que estamos ante una lucha titánica contra fuerzas oscuras -machismo, desigualdad y pobreza asignada- que dirigen los reaccionarios. Por eso la fiesta de la mujer trabajadora se está empañando del feminismo y el machismo radicales que están en la base de la interesada politización del avance social de las mujeres y los hombres corrientes, que hicieron juntos la historia, pero no figuraban en ella.

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