Pequeños partidos, grandes falsedades

E. Parra. POOL

ERC, JxCat, la CUP, PdeCat, EH Bildu y BNG están en su derecho de no celebrar, ¡ellos sabrán!, la derrota del golpismo el 23-F. E incluso de sumarse a la teoría conspiranoica sobre el apoyo del rey a la intentona, que los sublevados alegaron en juicio para defenderse y a la que se agarra la extrema derecha golpista contra las conclusiones de los historiadores.

También tienen derecho, porque este régimen de 1978 que desprecian garantiza lo que prohíben los que tienen por modelo, a hacer público un documento (Pola ruptura democrática) cuya interpretación de la realidad es un delirio. Pero no más que el de los defensores de la democracia española -la mejor de nuestra historia- a denunciar tal interpretación como lo que es en realidad: un conjunto de grandes falsedades.

1. No es verdad que la monarquía parlamentaria española, en todo equiparable a las de Europa, rebaje la calidad de nuestra democracia. Según el Democracy Index 2020 del prestigioso semanario The Economist no solo España está situada entre las 24 democracias plenas del planeta (por encima de Francia, Portugal, EE.UU., Bélgica o Italia), sino que diez de ellas son monarquías: de hecho, todas las europeas salvo la belga y las de Liechtenstein y Mónaco.

2. No es verdad que los militares tengan en España un papel diferente al propio de una democracia avanzada. Muy por el contrario, el llamado despectivamente régimen de 1978 ha sido el primero en establecer una relación entre el poder civil y las fuerzas armadas en la que las segundas están plenamente sujetas al mando del primero, que jamás ha implicado al ejército en labores de mantenimiento de la paz pública interna, confiada a las fuerzas y cuerpos de seguridad. El Gobierno dirige la administración militar y la defensa del Estado. El poder civil democrático (el único reconocido por la Constitución) manda y los militares obedecen. Así tienen que ser en democracia y así es en nuestro país desde hace cuatro décadas.

3. Y es falso, en fin, que España desprecie la pluralidad territorial, pues la profunda reorganización del Estado iniciada en 1979 desembocó en un Estado federal que está entre los más descentralizados del planeta. Ronald Watts, un muy acreditado federólogo, ha resumido el amplio consenso existente al respecto entre los especialistas proclamando que «España es una federación en todo menos en el nombre», lo que pone en evidencia a quienes siguen empeñados en negar la realidad. Otra cosa es reivindicar ese dislate del derecho de autodeterminación, inexistente en todo el mundo democrático.

Ninguno de los partidos firmantes del manifiesto Pola ruptura democrática ha hecho nunca nada para asentar o mejorar nuestra democracia, y uno (EH Bildu) es heredero de los que hicieron todo lo posible para hundirla. Por eso resulta insufrible que, con una soberbia digna de mejor causa, pretendan dar lecciones a una sociedad que lleva muchos años trabajando, con humildad y con esfuerzo, por mejorar el país con el que ellos quieren acabar.

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