Retrato del jeta universal


El coronavirus nos retrató. Pero no nos cambió. Todas esas tonterías de que íbamos a ser mejores se fueron enseguida por la alcantarilla más próxima. Los jetas, en un país de jetas, en un mundo de jetas, no mudan nunca. Ni mudarán cuando termine la pandemia. Los agitadores lastimeros protagonizan por desgracia los telediarios. El que tiene la cara dura no se ablanda. En crisis, suele pasar a tener la cara de cemento armado. Cuando hay que arrimar el hombro y echar más horas en el fogón es el primero en largarse de puntillas a prender fuego a las calles. Siempre es mejor destruir que construir. Es mucho más fácil incendiar contenedores que utilizarlos. Okupar casas que pagar hipotecas. Una casa se okupa en unas horas, patada en la puerta. Una hipoteca se tarda años de sudor en rendirla. Valientes hay pocos. Y nobles se cuentan con los dedos de una mano.

Cuando vienen mal dadas, la radiografía de los maulas suele salir perfecta. Una forma de localizarlos, si es que no se han ido ya a una fiesta, es porque son los que más protestan. Intentan tapar su vagancia con una tormenta de palabras. O se ponen a romper cosas. Ahora están en las calles. Protagonistas de su derrota. Golpeando o intentando golpear a policías que hacen su trabajo con la dignidad de una montaña que siempre está ahí cuando se la necesita.

Dicen que están contra el sistema, pero su revolución absurda es el sistema más viejo del mundo. Da igual que se tapen la cara. Quienes los conocen estarán cansados de ellos. Furia, rabia, violencia para seguir sin pegar palo al agua.

Pero este fenómeno no es de hoy, ni de ayer. Tampoco sucede solo en España. Ya Joseph Conrad, capitán de barco, hablando de agua lo retrató con su prosa esculpida y, aunque hablaba del paño que conocía, que era el de las velas de los bergantines de finales del XIX, nos estaba comunicando una verdad universal que, por desgracia, permanece inalterable.

Estos genios de la gresca, que siempre tienen una salida para todo, normalmente la salida de la puerta para irse, existieron siempre. No queda otra que asociarse con los que sí arriman el hombro y no hacer ni caso a los otros, total su pegada lastimera termina por pasar, aunque ellos se consideran los perseguidos y suelen creerse genios incomprendidos, descubridores de América, inventores de la pólvora y fundadores de la libertad. Hablan de derechos, jamás de deberes.

Pero lean, lean como Joseph Conrad los caló en un navío. Cambien mar, por tierra. Y marinero por alborotador. Y aquí los tienen: «¿Hay en la tierra entera un solo lugar donde sea desconocido un personaje así, ominoso buscavidas que se erige en testimonio de la eterna eficacia de la mentira y la desvergüenza? Era el marinero que no sabe gobernar el timón, que no sabe hacer un ayuste, que se escabulle del trabajo en las noches negras; que, subido a la arboladura, se agarra frenéticamente al mástil con brazos y piernas, y blasfema contra el viento, la cellisca, la oscuridad; el marinero que se dedica a despotricar contra el mar mientras los demás trabajan. El último en aparecer y el primero en desaparecer, cuando se deja oír la llamada de ‘¡Todos al puente!' El incapaz de hacer tres cuartas partes de las cosas y que no quiere hacer lo que sí puede. El niño mimado de los filántropos y de las gentes ilusas de tierra adentro. El agitador lastimero que reivindica todos sus derechos pero es incapaz de coraje y aguante, que nada sabe de esa confianza tácita ni de esos pactos no escritos que vinculan entre sí a los miembros de una tripulación. El vástago individualista de la miserable disipación callejera henchida de desdén y odio hacia la austera servidumbre del mar». Amén.

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