Que hablen los felices


Hay cosas que van muy bien. Decir esto hoy es una faltada social, una ofensa a la depresión y el miedo colectivos, pero hay cosas que van bien. Lo que ocurre es que lo terrible está siendo tan supercalifragilístico que hemos contraído una ceguera selectiva que nos impide ver cuáles son esas cosas que avanzan estupendas. El planeta pandemia orbita al otro lado el espejo y aquí las cosas funcionan al revés de como solían, en una suerte de realidad deformada por la que merodea Max Estrella. Por ejemplo, las personas padecemos ahora un síndrome desconocido allí, en el mundo real, que se podría llamar vergüenza del éxito y que cursa con síntomas diversos, el más llamativo de los cuales es una propensión del paciente a ocultar que la desgracia colectiva ni le ha rozado.

En nuestro anterior universo, los triunfadores fachendeaban de sus glorias y especulaban con ellas a veces hasta la cochambre, pero en el cosmos covid en el que andamos el estupor empuja el rictus al suelo y quien se atreve a enderezarlo comete un crimen de lesa empatía que se paga con el desdén. La felicidad, pues, se ha convertido en un asunto privado cuya exhibición se censura, justo lo contrario de aquel happyworld de barallocas que prosperó a la luz de Instagram con filtro VSCO y en el que todos eran taaaan fenomenales. Pero, reconozcámoslo y que lo reconozcan ellos, el éxodo domiciliario le ha venido muy bien a algunas cuentas de resultados que, aunque solo sea para colorear tanta grisura, podrían explicar con más detalle que no todo ha sido arrasado y que, además de la de Bezos, hay más sonrisas ocultas tras las mascarillas. En lugar de sucumbir a la vergüenza del éxito, los triunfadores de este año sin xeito pueden abrir el tapón de la presión ambiental en el camino de vuelta.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
6 votos
Comentarios

Que hablen los felices