Al final..., la vida sigue igual


Si dejamos el folklore de la noche electoral, y analizamos la gobernabilidad de Cataluña, la situación sigue igual que en la legislatura pasada. Con el PSC (33 escaños) como claro y estéril ganador, y con ERC (33) dominando la confederación soberanista (71 escaños); con el PP (3) y Cs (6) arrasados; con Vox (11) y la CUP (9) eufóricos; y con En Comú Podem aguantando, toda Cataluña queda sometida a la geometría variable, al abuso de las minorías, y a una serie de discursos cruzados que solo pueden generar una mayoría formal y un desgobierno real.

Las elecciones de ayer forman parte de un ciclo político que se inició en un mitin del PSC-PSOE el 13-11-2003, cuando el ocurrente Zapatero prometió solemnemente «apoyar la reforma del Estatut que apruebe el Parlamento catalán». Lo hizo en el Palau Sant Jordi, ante 20.000 socialistas, y asumió la alocada carrera que iniciaba el PSC hacia «un nuevo encaje de Cataluña en España». Que los soberanistas transformaron con total facilidad, y no poca lógica, en lo que hoy llamamos procés.

Los dos gobiernos de izquierdas que salieron de la ocurrencia de Zapatero —Maragall y Montilla— fueron dos absolutos fracasos, que sirvieron de trampolín al independentismo, y llevaron al PSC a su mayor fracaso histórico. Y por eso tuvieron que inventar a Illa, tanto tiempo después, para ver si podía dejar atrás 18 años de desnortes y fracasos, y devolver al toro PSC a sus tradicionales corrales. Pero ayer se hizo evidente que tantos años de despropósitos no pasan en balde. Porque lo primero que hizo Artur Mas en 2010, en la sesión de investidura que le arrebató la Generalitat a Montilla, fue reivindicar un modelo de financiación exclusivo, del que colgó una «transición nacional» basada en el derecho a decidir.

Seis años después, cuando Mas disolvió su segunda legislatura, los secesionistas radicales proclamaron el inicio del procés y la exigencia de una república independiente. Por eso es oportuno recordar que, conscientes de que la independencia era una utopía, toda la acción política de Cataluña se orientó a desbaratar el subsistema político y los partidos tradicionales, para hacerlos disfuncionales, con la esperanza de que el caos y la crisis financiera obligasen a Madrid a negociar.

Estas elecciones —planteadas por bloques, protagonizadas por partidos unidimensionales, preñadas de vetos, se instalan en la continuidad del procés. Por eso será muy difícil que, cualesquiera que fuesen los resultados, tengamos a mano la normalidad democrática.

Los resultados de ayer, para que sean útiles, hay que cocinarlos en un horno que no está para bollos. Y la debilidad de Sánchez empodera de tal manera a ERC y al bloque independentista, que es imposible superar el procés. Lo cual significa, en román paladino, que la única estrategia de normalización que cabe en Cataluña sigue siendo la regeneración por el caos, ya que esta abrumadora estupidez es la única meta en la que los bloques independentista y constitucionalista confluyen (sin quererlo).

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