Primero se llevaron a los judíos

Tras arremeter contra algunos periodistas y varios miembros del Consejo de Ministros, ahora Pablo Iglesias ataca a su jefe, Pedro Sánchez. Como siga así, esto va a acabar como el rosario de la aurora

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la moción de censura de Vox
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la moción de censura de Vox

La prueba de que España es una democracia plena no es solo que Pablo Iglesias y su pareja puedan ser amigos, residentes en Galapagar y ministros del Gobierno. También lo prueba el hecho de que si Salvador Illa se ha vacunado, como está insinuando el mundo independentista a cuenta de su negativa a someterse a una PCR, se sabrá antes o después, y tendrá que dimitir como candidato del PSC o como presidente de la Generalitat, en caso de que la aritmética de lo que salga el domingo le permita formar un gobierno unionista.

Esto es algo bueno que ha traído la nueva política: en España hoy en día es imposible que alguien se vacune y no trascienda. Porque la aguja en el brazo te la pone un enfermero, que tiene marido o mujer, que tiene compañeros de trabajo, que tienen Twitter... Que se lo pregunten si no a toda la cúpula militar o a toda la cúpula política y eclesiástica de Murcia. Ambas convenientemente desarticuladas o en vías de ello.

Estoy de acuerdo con Pablo Iglesias cuando afirma que «decir que hay cosas que no funcionan no es atacar a la democracia, sino defenderla». El problema es que con todo lo demás son ataques. Porque desde que el diario independentista Ara le dio voz el otro día, no deja de decir que «en España no hay plena normalidad democrática».

Sí, sí va de ránkings, Pablo. Y esos ránkings dicen que España es una democracia plena, en el puesto 22, seis puestos más abajo desde que tú eres vicepresidente. Muy por encima de «democracias defectuosas» como la Francia de Macron y Le Pen (puesto 24), la Italia que está intentando arreglar Draghi (29) o la Bélgica en la que vive tu amigo Puigdemont (36).

Defender la democracia es trabajar para que seamos Noruega (1), Islandia (2) o Suecia (3). Y no construir un futuro que nos llevará a la Argentina de Alberto y Cristina (48) o la Venezuela de Maduro. Que, ya sabemos, Pablo, que esto «no va de ránkings», pero el ránking de The Economist la sitúa por debajo de Afganistán, Egipto o Birmania, en el puesto 143.

Las normales escaramuzas en cualquier gobierno bipartito, y aquí en Galicia algo sabemos de eso, se están convirtiendo ya en deslealtades a cara de perro. Hasta ahora, el dúo Redondo-Sánchez le está dando cuerda a la cometa morada de Pablo e Irene. Pero de la misma manera que, si la cosa sigue igual de fea, a partir del lunes volverán a coger las riendas del covid —lo ocurrido con Illa desde el verano y el no confinamiento para evitar un aplazamiento de las elecciones catalanas son pruebas del instinto asesino del dúo monclovita—, de la misma manera, insistimos, sacarán la guadaña en el Consejo de Ministros.

Pablo parece medir mal las fuerzas, porque hasta ahora se había metido con Margarita Robles, con María Jesús Montero y con pesos menores del gobierno socialista. También con periodistas como «Ana Rosa, Ferreras, Griso o Vallés». Pero ayer, cuando en ese faro de democracia plena e imparcialidad que es la RAC1 del Conde de Godó Jordi Basté, un periodista más amable con Pablo, le lloró qué Pedro Sánchez era el único líder que le había negado una entrevista, Iglesias contestó: «Ya sabes cómo es la normalidad democrática».

Como dejó escrito el pastor luterano Martin Niemöller —y no Bertolt Brecht, en contra de lo que se suele pensar—, primero vinieron a por los socialistas, luego vinieron a por los judíos... Y como le sigas tocando las narices a tu jefe, Pablo, esto va a acabar como el rosario de la aurora.

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