Propaganda indepe y red consular española, ¡qué podía salir mal!

Antes, durante y después del desatino de otoño del 2017, el «Ministerio de Exteriores catalán», agasaja a cuerpo de rey a decenas de reporteros y enviados especiales que llegan de medio mundo a analizar la opresión que España ejerce sobre el pobre «poble» catalán

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Que tire la primera piedra el periodista que nunca se haya dejado agasajar. Utilizando argot pandémico, el pico de la curva se suele producir entre el puente de la Constitución y Nochebuena. Los ordenanzas que aún resisten en las redacciones no dan abasto, los pobres, a subir paquetes. Suelen ser regalos bienintencionados, en ocasiones recíprocos, un par de botellas de vino, con una felicitación cariñosa. Por suerte para el mejor oficio del mundo, todo eso ha ido languideciendo hasta casi desaparecer. Porque, aunque todos sabemos qué alegrón le das aún hoy a un vecino cuando le sacas su negocio en el periódico, los gurús del márketing prefieren gastarse los cuartos en tontolabas que han comprado un millón de seguidores en Instagram. La RAE, siempre el Rápido de Bouzas, aceptará llamarles influencers cuando Facebook, Instagram y Zuckerberg estén criando crisantemos. El bajo precio de nuestro gremio, y nuestra afición por un hotel de cinco estrellas o una cena michelín, no es un pecado solo español. Y mientras Soraya y Mariano leían el Marca, Mas, Junqueras y Puigdemont montaron una maquinaria de propaganda que no se había visto en Europa desde…

¡El mundo nos mira! Ha sido una obsesión desde el principio. Un amigo que trabaja en el farragoso mundo del lobby bruselense trabajó hace años en la operación para convertir a Mas en estadista mundial. Y lo que cobran las grandes cabeceras de Londres y Nueva York por entrevistar al alcalde, un decir, de Peralejos de las Truchas es público y solo hay que rebuscar en las tarifas.

Ahora, el mundo procesista estaba muy ufano porque el dontancredismo de Borrell en Moscú había vuelto a situar la matraca catalana en el plano internacional. Pero el hype se ha desinflado. Vicepresidente Pablo acudió raudo a comerse el marrón. Y Borrell salió más que airoso en su explicación al Parlamento Europeo. No hice nada, y a la vista de las críticas quizás podría haber hecho algo, vino a decir. Muchas veces, exponer la verdad sirve para no insultar la inteligencia del interlocutor. Y así es como Borrell ha arreglado la desfeita.

Pero en contra de lo que siempre se ha dicho, el llamado relato del procés no solo se ganó en las embajadas de la Generalitat por el mundo, que también, sino sobre todo en España. Antes, durante y después del desatino de otoño del 2017, Diplocat, el Ministerio de Exteriores catalán, agasaja a cuerpo de rey a decenas de reporteros y enviados especiales que llegan de medio mundo a analizar la opresión que España ejerce sobre el pobre poble catalán, fumándose una faria desde el palco del Nou Camp mientras digieren el menú degustación de Can Roca. Y solo uno de cada diez dentistas tienen el prurito profesional de llamar a La Moncloa para escuchar una segunda opinión médica sobre la endodoncia. Mientras tanto, la red consular de Mariano primero y Pedro después, una ensalada de apellidos compuestos, ha seguido contactando con la metrópolis mediante el correo del zar. Y cerrando a las 5 de la tarde como aquel genuino cónsul en Boston que bajó la persiana dos horas después del atentado mientras decenas de españoles buscaban a sus familiares. Periodistas, diplomáticos y propagandistas indepes. Como dicen ahora con gracia los milenials, ¡qué podía salir mal!

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