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Casado, las ovejas y el ranchiño

Tomás García Morán
Tomás García Morán EL LABERINTO CATALÁN

OPINIÓN

David Mudarra

06 feb 2021 . Actualizado a las 09:55 h.

La vida es lo que pasa desde que Pablo Casado se hace una foto con una oveja hasta que se retrata con un ranchiño. En su obra cumbre, Conversaciones en La Catedral, Vargas Llosa se pregunta «en qué momento se jodió el Perú». O lo que viene a ser lo mismo, cuándo una sociedad que venía ni más ni menos que de los incas, mezclados con lo mejor de la Europa de la Edad Moderna, inició su deriva que la ha llevado a lo que es hoy. Cuándo empezó a rentar más hacer el camino de vuelta desde Lima o Quito, que emigrar de Xinzo a La Habana o de Frades a Ensenada.

En qué momento se escaralló todo en esta pandemia interminable. Cuándo dejamos de ser una sociedad ejemplar, de la que pudimos presumir. Cuándo la corrección política dejó de ser hacer las cosas bien, que el incumplidor fuera el señalado por la policía de balcón. El otro día, en la carnicería de debajo de mi casa, el carnicero me contó que en Nochebuena una señora encargó lechazo para veinte. A plena luz del día, con testigos y a cara descubierta. 

Para gustos colores, pero opino que todo empezó con la foto de Casado hablando con un pequeño rebaño de ovejas estabuladas. Que no les den gato por cordero. El mejor lechazo del mundo es el de los pequeños recentales que nacen en el páramo de León, entre Villalobar y La Bañeza. Cuyas madres son afeitadas por expertos esquiladores uruguayos o polacos, y se crían libres y felices en los montes de Babia y Luna, en la frontera leonesa con Somiedo, justo donde nace el Sil. El Sil lleva el agua, el Miño la fama y el lechazo de Aranda suele ser un pobre corderín estabulado. La mejor caldereta de cordero del mundo la guisan los pastores trasterminantes de Los Barrios, los nietos que aún viven de los Moranes de Luna, mi particular Macondo.