El miedo a ganar en Cataluña


En el 2017, la división de los secesionistas en Cataluña dio lugar a un hecho sorprendente. En una autonomía que los líderes separatistas presentaban ante el mundo como un territorio oprimido por la bota de una España que les llevaba a la cárcel y el exilio, el ganador de las elecciones resultó ser el partido más españolista del arco parlamentario y el que con más convicción atacaba al nacionalismo. Aquello produjo el pasmo de una buena parte de la prensa internacional, cuyos corresponsales en Cataluña se informaban mayoritariamente a través de TV3 y de los briefings todo incluido que regalaba con cargo al erario público la maquinaria de propaganda secesionista. La victoria de Ciudadanos, saludada como un hecho histórico que cambiaba el dramático devenir de Cataluña, supuso sin embargo el principio de su fin. Aunque los constitucionalistas no tenían mayoría, la inacción de Inés Arrimadas tras aquel triunfo, y su renuncia a presentarse a la investidura, decepcionaron a sus votantes y a todos los no nacionalistas, a los que se envió un mensaje de resignación frente al separatismo. El vértigo de la victoria atenazó a Arrimadas, que poco después entregó la cuchara y se marchó a hacer carrera política en Madrid.

Ese miedo a ganar puede afectar ahora al candidato del PSC, Salvador Illa. A nadie se le oculta que el proyecto de Pedro Sánchez no es gobernar Cataluña contra el nacionalismo, sino romper el bloque independentista, propiciar el abandono de la vía unilateral y reforzar la alianza con ERC y Unidas Podemos, controlando así entre esas tres fuerzas de izquierda los gobiernos de Cataluña y de España. Los sondeos reflejan un triple empate entre PSC, ERC y JxCAT, pero indican que el tripartito entre republicanos, socialistas y comunes es matemáticamente posible. Y, aunque una victoria del partido de Puigdemont -al alza como siempre en el sprint final- arruinaría ese plan, el escenario perfecto para Sánchez sería un Gobierno de ERC que dependa del PSC y que obligue a los de Junqueras a apoyarle de manera estable en Madrid, sin opción a jugar con él, como acaban de hacer en la votación de los fondos europeos.

Pero, ¿qué ocurre si gana el PSC por un voto o por un escaño? Illa estaría obligado a presentarse a la investidura si no quiere seguir el camino de Arrimadas. Y, aunque el PP, Cs y hasta Vox estarían obligados a apoyarle, ERC no lo haría o le pondría condiciones inasumibles, lo que conduciría a su fracaso y abriría la puerta a un candidato secesionista. La otra posibilidad, no descartable, sería que se reprodujera el oprobio de 1986, cuando el PSOE ganó las elecciones vascas con 19 escaños pero cedió la presidencia al PNV, que logró 17, quedándose el socialista Jáuregui como vicepresidente. Crecer lo máximo y ser segundo frente a ERC por un voto. Ese es el paradójico escenario soñado por Sánchez.

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