La América de hoy, de Trump a Biden

Abel Veiga EN LÍNEA

OPINIÓN

22 ene 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Es la misma América. Nada cambia de un día para otro, aun con nuevo presidente. Hace exactamente cuatro años publicábamos un artículo titulado Imprevisible Trump. Nadie sabe -decíamos en aquel momento- cómo será la presidencia de un imprevisible, incierto, incontrolable a priori Donald Trump. Tiempos de volatilidad y profunda inestabilidad. ¿Cambiará su actitud, su discurso, sus maneras una vez se convierta en el 45 presidente de EE.UU.? Hoy como ayer muchos se hacen la misma pregunta, no exenta de vana retórica, ¿cómo ha sido posible? Lo mismo se preguntaron en la convención republicana cuando Trump aun contra de los prebostes y dinastías del partido republicano se impuso y machacó uno tras otro a todos los candidatos. Y cuánto ha callado ese mismo partido republicano durante años, incluso hasta el mismo día del asalto al Capitolio. ¿Cómo ha sido posible que un martes de noviembre millones de norteamericanos a pesar del discurso, de la agresividad, de la bravuconería de un charlatán aparente, le prefirieron a Clinton anclada a priori en la estabilidad, el orden y ciertas garantías en lo económico y en las relaciones internacionales?, ¿por qué Clinton ha suscitado tanta animadversión y recelo amén de poca confianza para una inmensa mayoría de norteamericanos? La América de hoy es una América sórdida, desgarrada, enfrentada. Pero no solo ha surgido con Trump. Viene de atrás. El populismo, la retórica vacía, la complicidad con la mentira, el aferrarse a una memoria más esplendorosa donde se hace posible ese grito silencioso y hueco de América otra vez grande encierra muchos fantasmas.

A punto de perder su liderazgo económico, la administración del silenciado ahora Trump se volcó hacia el unilateralismo en todos los terrenos, pero sobre todo, hacia un proteccionismo y guerra arancelaria cortoplacista que acabará por ahogar o estrangular la economía y el endeudamiento. Biden ya ha anunciado que vuelve a la OMS, y tarde o temprano recuperará un cierto multilateralismo, buscando equilibrios y alianzas. Pero no nos equivoquemos, no es un rompe y rasga, habrá continuidad en algunas letras pequeñas y partituras silenciosas.

Trump ha sido un presidente sin guerras, incluso las de baja intensidad. Recuperó a un aliado tradicional en Oriente Medio y ha obligado a sentarse a viejos enemigos irreconciliables, desoyendo el conflicto con los palestinos. Ha ido al pragmatismo y la diplomacia de altos vuelos interesados sin entrar en menudencias. Veremos si Biden, conocedor de las relaciones internacionales y con frentes como Irán, Afganistán, Cuba, Venezuela y el sempiterno e irresoluble ya conflicto israelí-palestino, el muro con México, la inmigración, gira o no y en cuántos grados. Pero algo se moverá.

La economía se ha estancado. El endeudamiento se ha disparado. Las ayudas billonarias como consecuencia del covid tardarán años en asimilarse y buscar el equilibrio, como el desempleo. De la medical care de Obama apenas quedan los cimientos. Biden sabe que las cifras de paro, por muy coyunturales que en este momento sean, no llegarán ni de lejos al logro de empleo de la primera etapa trumpetiana. Casi 22 millones de desempleados en estos momentos, que apenas perciben alguna ayuda.

Pero de pronto le ha salido al que ya es el cuadragésimo sexto presidente un aliado inesperado. El respeto a los pilares de la democracia, el respeto a las instituciones y valores democráticos. Lo ocurrido el pasado día 5 de enero le permitirá revestir su discurso de ese aureola de los hombres llamados a su cita con la historia. Si sabe hacerlo coserá costuras y cicatrizará algunas heridas. Hoy la fractura, la tensión polarizada por el voltaje de la manipulación, la media mentira, la trinchera, el discurso de confrontación y guerracivilismo está prendida en una mecha que asusta a todos, y a ambos partidos. Son conscientes que quienes no se han retractado de lo ocurrido pueden alimentar una tercera vía o brecha escorada de ese puritanismo racial, soberbio y vanidoso.

Los coqueteos con la demagogia, el desprecio desdeñoso a las instituciones, el discurso falaz y mezquino, y las dudas de un futuro amenazado para quienes aún se sienten dueños y amos de una manera de entender el mundo y el liderazgo se enfrentan hoy a una realidad dispar, disímil y que es la misma sobre la que un hombre de 78 años acaba de asumir la presidencia.