La obscena analogía de Pablo Iglesias


Pablo Iglesias considera que Junqueras es un preso político y Puigdemont un exiliado. Que esa opinión tenga valedores y detractores indica hasta qué punto los conceptos, manoseados y utilizados a favor de inventario, acaban por perder su significado original y valen para un roto y un descosido. Puedes usarlos frívolamente y con relativa impunidad. Puedes afirmar que los condenados del procés son presos políticos, y mantenerte en tus trece tan pancho, siempre que evites compararlos con el modelo fijado en el imaginario popular. Las analogías son armas que carga el diablo y se disparan por la culata. Si dices que Junqueras es un preso político como Mandela -o como el comunista Marcos Ana, en ejemplo más próximo-, la has pifiado: te caerán chuzos de punta. Y le estás regalando a tu contrincante un silogismo facilón para rebatir tu propia tesis: Mandela es un preso político, Junqueras no es Mandela, ergo Junqueras no es un preso político.

A Pablo Iglesias le patinaron las neuronas y se despeñó en esa trampa. Comparó a Puigdemont y sus vicisitudes con el exilio republicano del 39. Estableció una repugnante analogía que ha levantado, y con razón, una oleada de indignación. Y en vez de rectificar de inmediato, se mantiene en el sostenella y no enmendalla. No entro en la cuestión bizantina de si Puigdemont es un exiliado sui generis o un prófugo, un fugitivo o un turista, un héroe nacional catalán o un presunto delincuente. Lo que produce repulsión es que un vicepresidente, que se dice de izquierdas y empeñado en frenar la supuesta derechización de su socio, enrole a tal personaje en los barcos del exilio. Que le conceda la nacionalidad de la España peregrina, aquella a la que ya en 1940 se refería un joven Torrente Ballester en una revista falangista (lo que explica que escribiese «Dios» en vez de «Franco»): «Dios les quitó a sus hombres el sosiego, como a casta maldita, pero no la inteligencia, que conservan más despierta y sensible por el dolor». Que lo compare con cientos de miles de españoles derrotados en la Guerra Civil, hacinados en las playas francesas, orgullosamente erguidos en los tanques que liberaron París de los nazis, y que sembraron y preservaron la cultura española en el destierro. Que coloque su retrato en el santoral laico de los republicanos, al lado de don Manuel Azaña o de Juan Negrín, de Castelao o de Rafael Dieste.

La obscena analogía de Pablo Iglesias mancilla la memoria del exilio y nos insulta a (casi) todos. Injuria, desde luego, a la razón: nos toma por parvos. Insulta a todos los demócratas, porque al equiparar las «víctimas» equipara a los «verdugos»: la dictadura franquista, que se impuso por las armas a la legalidad republicana, con el régimen democrático nacido en 1978. Exactamente lo mismo que Abascal cuando compara el Gobierno en el que participa Iglesias con los gobiernos de Franco. E insulta a las gentes de izquierda y a los republicanos, al proponerles que hagan un hueco, entre sus referentes del exilio, tal vez entre Carrillo y Pasionaria, para incluir al burgués de Waterloo.

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