Eficacia manifiestamente mejorable


Esta ha sido la semana de las desgracias. Con razón andan por las redes mensajes que dicen «¡solo nos falta un ovni!». Lo ocurrido recuerda un tiempo en que gobernaba la UCD, se estrellaron aviones en Madrid y Tenerife, y Joaquín Garrigues le dijo al titular de Transportes en el Consejo de Ministros: «Solo te falta que pongan una bomba en Telefónica». Al día siguiente estalló una bomba en el edificio de Telefónica de la calle Ríos Rosas de Madrid. Era una mala racha. Ahora estamos en otra: la pandemia se agrava, los hospitales se empiezan a llenar y, como si faltara algo, llegó Filomena, arrasó parte de la producción agraria, dejó media España intransitable y ahora dicen que esta es también la ola de frío más larga desde que hay medición.

Ahora está ocurriendo que en la ciudad de Madrid se producen unas 700 intervenciones quirúrgicas diarias a personas que se han roto algún hueso en las aceras heladas. Padres de familia tienen que limpiar los accesos a colegios si quieren que sus hijos puedan asistir a clase el lunes. El aeropuerto de Barajas, uno de los más modernos del mundo, sigue sin estar plenamente operativo una semana después de que empezara a nevar. Por supuesto, hay cientos de carreteras de difícil circulación. Salir en coche a primera hora es una operación de riesgo porque el sol y el paso de otros automóviles todavía no empezaron a derretir los hielos. Eso sí: el ayuntamiento de la capital ya sabe que se han producido daños por importe de 1.398 millones de euros, ni uno más ni uno menos, lo cual demuestra que la contabilidad funciona mejor que la asistencia al ciudadano. Y lo nunca visto: el Gobierno está dispuesto a conceder de oficio, incluso si no se le pide, la declaración de zona catastrófica. Debe haber muchos votos en juego.

Esta somera descripción suscita una pregunta: ¿cómo valoramos eficiencia de las administraciones públicas? Hasta ahora, todos hemos tratado de ser comprensivos con los fallos porque nunca hubo un contratiempo tan grave; porque no nieva tanto como para tener un parque de quitanieves como Canadá; porque no hay cultura invernal y la poca que había se pierde con el cambio climático; porque somos muy sufridos y porque quien puede pagar la calefacción está muy cómodo en casa y ese confinamiento aleja los riesgos de contagio del covid, anotación oportunista que copio del doctor Simón.

Ahora bien, la comprensión tiene un límite, como la paciencia, y hay que decirlo con claridad: no somos un gran país si no somos incapaces de mantener abierto un aeropuerto de un país turístico por una nevada. No están bien gastados los impuestos, si no se consigue siquiera retirar la basura de las calles. Y no estamos muy desarrollados si para hacer transitables calles y carreteras hay que aguardar que pase la ola de frío el próximo miércoles. Y eso es exactamente lo que hay esperar.

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