La cuesta de enero es un concepto económico y urbano, nacido en el siglo pasado, que hace referencia al ciclo de subidas de precios que se producían en cascada, tanto en los sectores estratégicos y precios públicos, como en las tasas e impuestos del Estado. Y, en este sentido, la cuesta de enero solo duraba el tiempo estrictamente necesario para asimilar la periódica inexorabilidad de las medidas de ajuste.

 En los 60, cuando el desarrollo alcanzó velocidad de crucero, y el consumismo sustituyó al ahorro familiar sistemático, la cuesta de enero empezó a tener otros matices, entre los que destacó la necesidad de ajustar las cuentas familiares que el período navideño había desequilibrado. Los excesos de diciembre había que pagarlos con la primera nómina del año, lo que producía una sensación de repecho, como dicen los ciclistas, que hacía eternos los últimos 25 días del primer mes del año. Y la cuesta de enero se complicó con algunas emociones y sentimientos que aumentaban su tenebrosidad: el invierno oscuro, el frío, la despedida de los niños que iban al internado, la ausencia de festivos intermedios, y la añoranza romántica del solsticio de invierno.

En ese momento, la cuesta de enero dejó de ser un concepto urbano para penetrar en la aldea a través del creciente número de niños que, sin solución de continuidad, pasaban del calor de los hogares y del esmerado cuidado de los padres, a los caserones inmensos y desangelados, fríos como mazmorras medievales, que acogían a los niños internos, que otra vez volvían a levantarse temprano (en el Seminario a las siete), y generaban la impresión, tipo Astérix, de que la bóveda celeste se había abatido sobre nuestras cabezas. Y esta es, me temo, la sensación que vamos a tener este año. Una cuesta de enero que empieza hoy -primer y gélido lunes posterior al ciclo festivo-, y que se va a prolongar, por lo menos, hasta finales de junio.

Hoy volveremos a sentir que la parálisis económica se prolonga. Que el dinero de Europa llega a cuentagotas. Que gastar de manera eficiente no está al alcance (ni es una preocupación) de nuestros políticos. Que los ERTE han venido para permanecer. Que los Presupuestos parecen las cuentas de la lechera. Que el caos de confinamientos y restricciones revientan sin remedio todas las formas de vida social. Que los nietos crecen a distancia. Y que aquellas vacunas que hicieron subir las bolsas en diciembre constituyen un reto logístico que nos ha cogido en pleno proceso de improvisación y discurseo. Eso hará que esta semestral cuesta de enero tenga nuevos matices que aumentarán su tenebrosidad, entre los que no faltarán las homilías oportunistas del Gobierno, ni la pléyade de opermólogos -así llamaba Unamuno a los charlatanes- que pululan por los ambientes mediáticos, científicos, mercantiles y políticos. Por eso debemos prepararnos para resistir esta híper mega cuesta de enero. Porque teniendo encima una pandemia, y una crisis económica histórica, sería ridículo morir de hastío y humedad psicológica.

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La cuesta, semestral, de enero