¿Puede pasar en España el trumpismo?

Reuters

La polarización y el extremismo han dado pie al disparate del asalto al Capitolio. Con los dos extremos de una soga se ahorca. Se jalearon las trincheras. Se dividió a un país como Estados Unidos en dos bandos, también desde los medios. Se ensució el diálogo. Las palabras no fueron las herramientas para el pensamiento. Fueron el combustible del odio. Y así se abonaron estados enteros del profundo país de las barras y las estrellas durante años hasta que todo eclosionó con Trump. Apareció el personaje para que el enfrentamiento casase. Un dibujo animado que entretenía y atraía a los atribulados. El perfecto vendedor de sí mismo. Un presunto ganador en el lugar que tiene en los altares a los ganadores. 

Luego, sucedió lo más grave: se desarrolló una extraordinaria tolerancia a la violencia. Se empieza por gustarse en los insultos. Y se termina en las manos. Nunca hay que abrirle la puerta a la violencia. No conduce a nada. Lleva a cinco muertos en la cuna de la democracia norteamericana, el Capitolio. Un edificio que únicamente había sido asaltado por un país enemigo, Inglaterra, en 1814. Aquello no tuvo nada que ver con el carnaval sangriento y el daño irreparable del día de Reyes. Aquello era una guerra, y los ingleses quemaron el edificio, que se salvó de la total destrucción por una oportuna tormenta torrencial de finales de agosto que apagó el fuego que lo consumía. El fuego de ayer fue jaleado por el líder naranja.

¿En España puede pasar? Puede. La ruta está servida. Solo hay que asfaltarla. El camino que terminó con un personaje disfrazado con los cuernos de un bisonte en la presidencia del Capitolio llevaba allá años alimentándose por manos ávidas. El problema de las carcajadas hacia los enemigos es que cuajan en muecas y terminan en sangre. En España no está tan enconado el enfrentamiento. Pero existen y se consolidan los bandos.

Los políticos españoles se gustan echando gasolina al fuego. Es increíble que los líderes de los dos principales partidos, Sánchez y Casado, no tengan una relación fluida y normal. Es culpa de ambos. El insulto se está convirtiendo en licencia poética. Justo por donde se empezó en Norteamérica. En Estados Unidos han ido pasando por los títulos de libros de autores como Philip Roth o John Updike sin darse cuenta. Pasaron de la Pastoral americana, idílica, a La conjura contra América. Para terminar en un patético Corre, conejo. En España vivimos la Pastoral española con la Transición, que ahora se ensucia por algunos. Embarrado el terreno de juego ya se habla de La conjura contra España, palabras de calibres grandes. O frenamos a tiempo o podemos llegar a no conocernos a nosotros mismos y terminar con las décadas más tranquilas y prósperas de la historia de nuestro país. Menos mal que aquí no hay, de momento, nadie con capacidad para convertirse en un conejo gigante. Pero estamos ensombreciendo el paisaje humano.

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