Estados Unidos, otra vez, a la cabeza


La gente se pregunta si los Estados Unidos se están convirtiendo en un país bananero. Y la respuesta es que, todo lo contrario. Porque, tratándose de la nación que construyó y exportó las sociedades modernas, democráticas, tecnificadas, comunicativas y organizadas entorno al beneficio económico y a la compra compulsiva de bienes y servicios materiales y morales, resulta lógico que sea la sociedad americana la primera que se adelante a certificar la crisis del modelo. Lejos de estar ante un brote inopinado de populismo y zafiedad, protagonizado por Trump, estamos culminando un largo proceso de cambios sociales, caracterizados por el individualismo utópico y el deterioro de la cultura cívica, que hizo posible que un bípedo implume y con móvil ocupase la Casa Blanca, y conserve 75 millones de votos.

Haciendo larga historia del problema, con la levedad que imponen 3.000 caracteres, creo que el primero que lo vio venir fue Proudhon, que, a mediados del siglo XIX, pronosticó este futuro para las sociedades industriales: «una democracia compacta, con apariencia de estar fundada en una dictadura de masas, pero en la que las masas solo tendrán poder para asegurar su servidumbre a los viejos preceptos heredados del absolutismo: indivisibilidad y centralización del poder; destrucción del pensamiento individual, corporativo o regional; y policía inquisitorial». El segundo aviso lo dio Durkheim, al concluir que, tras el monopolio del orden social que la Revolución Francesa le entregó al Estado, vivimos en una situación de anomia, es decir: sin autonomía de sentido, de propósitos y de valores en la vida social; sometidos a una normalidad incómoda, y con una aceleración desarrollista que siempre pone la felicidad en el futuro, y nunca en el presente. Ya en el siglo XX, y con perspectiva liberal, apuntó Lewis Mumford que «la crítica más demoledora que puede hacerse a la civilización moderna es que, humanamente hablando, no es interesante». Y el remache lo puso Frank Tannenbaum al recordar que «el mayor error que ha cometido el siglo XIX fue suponer que se puede organizar una sociedad completa sobre el móvil económico».

Las conclusiones las sacaron muchos, y entre ellos Freud y Fromm, al predecir que la inseguridad generada por la falta de criterios humanos de orientación social, y por la sensación individual de haber perdido la autonomía moral y de elección al servicio de la sociedad industrial y del salario que compra nuestro trabajo, nos llevará a buscar la seguridad en líderes menores, en los grupos elementales de autoidentificación, en valores puramente estadísticos, y en cualquier cosa que nos dé algún protagonismo frente al orden omnipresente del sistema. Y ahí los tenemos exhibiendo su insania: arreglando el mundo por su cuenta; siempre contra otros; con líderes de cartón, y dispuestos a abolir el sistema para salvarlo. Huxley pronosticaba, a finales de los 40, que la crisis de la modernidad tardaría tres o cuatro generaciones. Las que efectivamente han pasado.

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