Iglesias y la hoguera de las vanidades


Acabamos este horrible 2020 vislumbrando la luz al final del túnel de la pandemia, pero sometidos al mismo bochornoso espectáculo de hipocresía política que se abrió ante nosotros en el mes de enero, cuando Girolamo Savonarola llegó a la vicepresidencia segunda del Gobierno reencarnado en Pablo Iglesias. El intento del líder de Podemos de convertir el mensaje de Nochebuena del rey en una hoguera de las vanidades en la que deberían arder no solo Felipe VI y la institución de la monarquía, sino todo nuestro modelo democrático, es el último episodio de fariseísmo, felizmente fracasado, de quienes tienen siempre recetas morales para todos, excepto para ellos mismos. Resulta insufrible escuchar a Iglesias sermoneando en nombre de «la gente» y exigiendo al jefe del Estado que se flagele en directo ante todos los españoles para expiar los pecados de su padre, mientras él se arroga una patente de corso para no responder jamás por sus faltas ni por las de su partido.

Ni Iglesias representa a «la gente», porque según el último CIS ahora mismo le votaría un 7,1 % del total del censo electoral -cifra ciertamente magra para erigirse en la voz del pueblo,- ni la monarquía es, por más que él se empeñe, el gran debate nacional, ya que solo un 0,3 % de la población la incluye entre sus principales inquietudes. La realidad es solo una cosa molesta para alguien que se obceca en predicar en nombre de la mayoría, pese a que el 80% del Congreso respalda el actual modelo de monarquía parlamentaria y a que el suyo es el único partido de ámbito nacional que lo cuestiona. Pero lo que resulta ya grotesco, por temerario, es que él y su tropa quieran erigirse en referentes éticos frente a Felipe VI.

Mientras el rey ha reprobado ya a su padre por la vía de los hechos, y no la de la demagogia, el Torquemada tuitero Pablo Echenique está condenado en firme por pagar en negro y no abonar la Seguridad Social a su asistente; el flamígero Iglesias espía el teléfono de su colaboradora; Monedero hace lo mismo que Juan Carlos I, regularizar para impedir una condena por fraude fiscal; Podemos se inventa una falsa acusación de acoso sexual para librarse de un abogado con reparos morales; el partido distrae 363.000 euros de gastos electorales con una empresa sin trabajadores ni oficinas; el número tres de la formación, Alberto Rodríguez, será procesado por patear a un policía; Ramón Espinar da un pelotazo con una vivienda social que nunca ocupó, y Errejón, fundador de Podemos, cobra una beca sin trabajar y coloca a su padre como asesor. Pero para purgar ese deplorable equipaje ético, Iglesias no plantea un auto de fe.

No dudo de que muchos españoles son republicanos. Pero tengo claro que si les preguntaran si prefieren una monarquía encarnada por Felipe VI o una república presidida por Pablo Iglesias, el resultado sería suficientemente humillante para el líder de Podemos como para que se bajara de una vez de su púlpito, dejara de hablar en nombre de «la gente» y apagara su hoguera de las vanidades ante el riesgo de acabar, como Savonarola, ardiendo en su propia pira.

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