El asustaviejas y el abrazo del oso


Tiene razón el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, cuado afirma en un tono sorprendentemente solemne que el PSOE y Unidas Podemos no son como aquel histriónico dúo que los hermanos argentinos Lucía y Joaquín Galán hicieron célebre interpretando sobre el escenario supuestos conflictos de pareja. «No somos Pimpinela», dice el ministro, aunque «algunos pueden pensarlo». Él sabrá en todo caso por qué lo dice. Lo del Gobierno, es cierto, más que a aquellas peleas cantadas de final inesperado empieza a asemejarse a una comedia de enredo con un argumento previsible, pero que tiende peligrosamente a la astracanada. Era obvio que, una vez logrado el objetivo común de sacar adelante unos Presupuestos, Unidas Podemos iba a tratar de marcar distancias con el PSOE en todo aquello que no ponga en riesgo lo mollar, que no es otra cosa que mantenerse en el poder a toda costa.

Con unas elecciones catalanas a dos meses vista, en las que las perspectivas no son precisamente buenas para su partido, Pablo Iglesias necesita marcar perfil propio frente a Pedro Sánchez, abandonando el tono vicepresidencial y encorbatado para regresar a la trinchera y la furia del rap. El problema es que al líder de Podemos le cuesta cada vez más hacer creíble ese papel de enfant terrible. «Siempre me gustó un estilo de reflexión muy asustaviejas», confesó en su día. Y como, una vez pisada la moqueta, su radicalidad ideológica no asusta ni a viejos ni a jóvenes, al líder de Podemos se le está yendo la mano, adentrándose ya en una manifiesta y peligrosa irresponsabilidad política para tratar de coger sitio electoral.

El juego de Iglesias es ahora el de épater le bourgeois, es decir, provocar a la derecha y la socialdemocracia moderada diciendo cosas subidas de tono como que EH Bildu y ERC van a «gobernar el Estado». Pero lo cierto es que, una vez que el propio PSOE califica de «patriota» a Arnaldo Otegi, al que la Audiencia Nacional volverá a juzgar nada menos que por ser miembro de una banda terrorista, a Iglesias se le está poniendo difícil escandalizar al personal. Sin embargo, el hecho de que un partido de gobierno difunda un vídeo en el que se equipara al actual jefe del Estado y a su familia con una banda de narcotraficantes es algo que sobrepasa todos los límites políticos tolerables y que el presidente del Gobierno no puede dejar pasar limitándose a decir que ambos partidos proceden de «culturas políticas diferentes». Si, para evitar que su socio le sitúe a la derecha, Sánchez le consiente todo y se limita a encajar impávido sus desmanes, riéndole las barbaridades como si se tratara de las travesuras de un niño pequeño, Iglesias tenderá a elevar el nivel de descalificación de las instituciones del Estado y de la Constitución hasta límites sobre los que, por ahora, no se adivina techo.

Iglesias puede tensar la cuerda cuanto quiera. Y Sánchez puede seguir dándole el abrazo del oso. Pero el límite de ese juego es no poner en riesgo el modelo democrático. La crítica a las instituciones y la defensa de la república es legítima. La calumnia resulta intolerable. Y más, desde el Gobierno.

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