Pandemias y viajeros


Cuando uno piensa en los exploradores del XIX se asombra de que dejasen a su mujer y a sus hijos y emprendiesen camino hacia el África remota, por donde se sitúan los grandes lagos -el Victoria, el Tanganica, el Malawi-, y más allá, hacia el oeste o hacia el sur, en viajes que les llevarían dos o tres años. Y que -los que sobrevivían-, a su vuelta, tras las mieles del triunfo o las hieles del fracaso, repuestos de sus fiebres y sus amebas, decidieran regresar. O aquellos otros que, una vez completados los vacíos del mapa de África, se dirigieron a los polos: Scott, Amundsen, Shackleton... Yo tengo un amigo, Nacho Dean, que dio la vuelta al mundo a pie, partiendo de la Puerta del Sol, el kilómetro cero, a donde tardó tres años en regresar. Solo cinco personas lo habían hecho antes en el mundo, en España ninguna. Nacho, en contra de lo que pudiera parecer, es un tipo sensato que decidió afrontar un desafío y vivir una aventura a su medida. Un viaje consigo mismo.

Ahora, ya lo saben ustedes, no se puede viajar. Cuando Livingstone y Thomson lo hacían había zonas de África infestadas de mosca tse-tse, la de la enfermedad del sueño, y de mosquitos anopheles, los trasmisores de la malaria. Pero, aunque estos solo causaron enfermedad y muerte, a las primeras les debemos también la creación del gran Parque Nacional Selous, en Tanzania, despoblado de hombres y rebosante de hipopótamos y jirafas. Mientras los hoteles se cierran y se arruinan, los cielos se limpian sin aviones. Como en un refrán.

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