Pasión y muerte del Sáhara español


En 1970, cuando ya era patente que el desarrollo del Sáhara ­-iniciado con las minas de fosfatos- era una insostenible quimera, el Gobierno español formuló el proyecto de una autonomía -compatible con la posterior descolonización del territorio- cuyo principal objetivo era frenar las pretensiones de anexión manifestadas por Mauritania y Marruecos. Y de ahí surge la promesa de un referendo que debía trasladar al pueblo saharaui las decisiones fundamentales sobre su territorio.

En 1974, coincidiendo con aquella famosa flebitis que sirvió de prólogo a la larga agonía de Franco, ya se empezó a hablar de un inminente proceso de descolonización, y de la creación de un nuevo país que debía conformarse como un buen vecino de las islas Canarias y como un polo de influencia española incrustado -como Guinea- en las costas occidentales de África. Pero sucedió que, con una España paralizada por el derrumbe del dictador, con una incierta transición en ciernes, y con una opinión pública que por nada del mundo quería asumir otro conflicto militar en África, el autócrata Hasan II, que pregonaba a todos los vientos su fraternal amistad con España, consideró que estaba ante una gran oportunidad para poner fin a la ensoñación del referendo e iniciar la anexión del Sáhara. Y, valiéndose de la famosa Marcha Verde -un ejército de civiles desarmados y con prevalencia de mujeres y niños- inició la invasión.

La Marcha Verde se puso en movimiento en septiembre de 1974, aunque no avistó la División Acorazada Brunete nº 1 hasta principios de 1975, y puso a España ante un dilema que nos obligaba a escoger entre dos pésimas opciones: a) parar la Marcha Verde, realizar el referendo y darle la independencia al Sáhara, arriesgándose a un conflicto militar con Marruecos; o b) entregarle el Sáhara a Marruecos y escapar de allí disimulando una vergüenza que en todo caso sería pasajera.

Como suele suceder cuando la salida es dilemática, España, situada ya ante la muerte de Franco y las incertidumbres de la transición, intentó una salida intermedia y muy difusa, cuya esencia consistía en transferirle a Marruecos la responsabilidad de hacer y administrar el referendo, de acuerdo con la ONU y con el Tribunal Internacional de Justicia que, a instancias de España, había definido al Sáhara como terra nullius. Y fue así como, tras encomendar la gallina al zorro, España escapó de aquel atolladero, y dedicó los siguientes 45 años a hacer poesías y soliloquios sobre el pueblo saharaui.

Así se abrió, también, el período de miseria, frustración e ignominia que dejó exhausto al pueblo saharaui, cuyo fin se vislumbra tras la personal decisión de Trump de regalarle el Sáhara a Marruecos, y poner en ridículo a España, la ONU y al sursum corda de la UE. Y yo me alegro, Porque no hay política peor, ni más gravosa, que la indecisión rampante. Y porque espero que España aprenda que sus errores no fueron sus acciones, sino su frecuente adscripción a la cofradía del «estar aí, velas vir, e deixalas pasar».

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