Los ojos de Atenea

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

Edgardo Carosía

13 dic 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

He leído algo acerca de cómo el hecho de ir todos ahora con mascarilla hace que, despreciando aquel consejo de Golpes Bajos en los ochenta, miremos más a los ojos de la gente. En consecuencia, muchos estarían descubriendo a su alrededor a más personas con ojos verdes de lo que suponían. Puede ser.

Como estoy repasando estos días La Odisea, a mí esto me ha hecho pensar de inmediato en la diosa Atenea, que también tiene los ojos verdes (no hay que ser muy observador para darse cuenta, porque Homero lo repite hasta cincuenta y una veces a lo largo del poema). Está ahí el arranque de una larga tradición literaria no exenta de ambigüedad, porque ha oscilado entre la fascinación y la desconfianza. Tiene ojos verdes la Beatriz de Dante, lo mismo que la infortunada Melibea, y por eso Cervantes, que admiraba mucho La Celestina, se los da también a Dulcinea. Y así sucesivamente hasta la copla andaluza del siglo XX, que hace que, aún hoy, muchas personas de más de sesenta, cuando ven un frasco de albahaca entre las especias del supermercado, se pongan a tararear a Concha Piquer o a Miguel de Molina.

Pero, por otra parte, también la hechicera Circe tenía los ojos verdes, y la prevención contra este color ha perdurado («ollos verdes son traidores»). A Shakespeare lo mismo le parece el color más hermoso del mundo como que nos dice que son los ojos de la envidia (green-eyed monster). Y si Bécquer escribió su famoso poema a los ojos verdes fue para consolar a una niña pequeña disgustada por tenerlos: «Verdes los tienen las Náyades, / verdes los tuvo Minerva (Atenea), / y verdes son las pupilas / de las huríes del Profeta», le decía a la cría (aunque ahí me temo que Gustavo Adolfo fantaseaba un poco, porque «hurí», del árabe hawra, significa precisamente «mujer de ojos negros»).