Buenos días, Meirás


Hoy es el día. 82 años después, el pazo de Meirás deja de ser de la familia Franco, si alguna vez lo fue, aunque lo haya ocupado durante casi un siglo. Creo que es el momento de rendir homenaje a un pequeño, pero esforzado grupo de personas que sentaron las bases para que las torres puedan volver al patrimonio público. En ese grupo están los investigadores de las colectas que se hicieron entre campesinos asustados y resignados; los historiadores que indagaron en archivos y legajos para descubrir documentos, usos y abusos de recursos públicos para «dignificar» el pazo; los periodistas locales que supieron crear conciencia de la apropiación de un gran símbolo. Gracias a esos trabajos ha sido posible la primera sentencia y el último auto de la jueza Marta Canales, que encomienda al Estado la custodia de todos los bienes muebles y accesorios.

Al final del tortuoso camino, el inventario, todavía no completo, permitió descubrir el auténtico calibre de la ambición de sus ocupantes históricos y confirmar definitivamente los rumores de los sueños de emperatriz de la esposa del caudillo. Se consideraba con derecho a la propiedad de todo lo que encontraba de valor histórico o artístico en la España que su legendario marido había conquistado. Y como cuarenta años dan mucho de sí, hasta allí fueron llevados muebles, tapices y pinturas del Patrimonio Nacional, las estatuas del Maestro Mateo, pilas bautismales, hasta cortinas del Palacio Real, porque ellos eran los nuevos reyes.

Me resulta violento hablar de expolio de quien ha dirigido los destinos de este país durante cuatro décadas, pero no hay otra palabra en el diccionario. Bueno, sí, hay otra cuando alguien se apropia de algo ajeno para llevarlo a una propiedad que se considera privada: robo. No atribuyo ese delito a la actual generación de los Franco, pero sí a sus antecesores. A los miembros de la actual generación, quizá mal asesorada por sus abogados, hay que reprocharles que no hayan tenido la grandeza de renunciar al pazo y devolverlo a la sociedad, sobre todo cuando se divulgó la forma en que había sido adquirido.

No se podía prever un final tan lamentable de la ocupación de Meirás. Encima de la ilícita apropiación, las ambiciones imperiales de grandeza al desnudo, con sus ansias de hacer de aquello un museo particular, con su afán de privatizar auténticos tesoros históricos y artísticos, con la codicia del avariento, con el descaro delictivo de crear una apariencia de pedigrí. Quienes de niños, ajenos a esas miserias y desconocedores de tales manejos, leíamos cada verano que Franco había llegado a Meirás o que allí se celebraba un Consejo de Ministros, hoy sentimos cómo nos ciega la luz de la verdad histórica. Y muchos, entre ellos quien esto escribe, el tortazo en la cara de la decepción.

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