El populismo con 140.000 millones


El populismo es siempre un lastre para el progreso, por más que se empeñe en denominarse precisamente progresista. El populismo se alimenta de la rabia y la desesperación de las sociedades ante crisis o calamidades de todo tipo para vender soluciones mágicas e indoloras a problemas endiabladamente complejos que, por su gravedad, nunca pueden resolverse de forma rápida sin sacrificios y renuncias. En medio de las peores tragedias económicas, sanitarias o bélicas, aparece siempre, reptando de manera silenciosa, como ha escrito José María Lasalle, «la serpiente de un populismo que puede convertirse en la columna vertebral de un nuevo Leviatán totalitario». El populismo es el caldo de cultivo ideal para que germine con vigor la semilla del autoritarismo, que conduce a la ruina y la destrucción de los pilares democráticos. Ejemplos de ello tenemos a cientos en el siglo XX y lo que llevamos del XXI. Pero si, una vez en el poder, ese populismo se riega a sí mismo manejando a su antojo miles de millones de euros que son de todos los ciudadanos, su capacidad destructiva se multiplica.

España no ha recibido aún un solo céntimo de los 140.000 millones de euros comprometidos por la Unión Europea para ayudarla a salir de la crisis generada por el coronavirus. Pero el discurso populista que vamos escuchándole a este Gobierno respecto a ese dinero no augura nada bueno. Sánchez e Iglesias ya han dejado claro que todo ese capital se distribuirá sin otro criterio que el que a ellos les pete. Pero cualquier plan de recuperación que salga de un Ejecutivo que tiene en su propio corazón el populismo de Podemos, y que está condicionado además por el populismo independentista, está viciado de origen, porque ese Gobierno considera a los empresarios como sospechosos habituales, a los que demoniza, y cree que el empleo y el progreso no los crean los emprendedores, sino el Estado por decreto. El Ejecutivo no solo no lo oculta, sino que presume de que su plan no es financiar a las empresas para que crezcan y generen así puestos de trabajo, sino tomar, a cambio de apoyo económico con dinero público, participaciones en empresas privadas para condicionar su gestión. Solo quien se someta recibirá. Todo, trufado con lecturas torticeras de las tesis de la economista Mariana Mazzucato en El Estado Emprendedor, traduciendo la evidente necesidad de mayor gasto público y protección social en plena pandemia en el enésimo anuncio del fin del capitalismo y la implantación de un intervencionismo desmesurado. Se ha aprobado ya un control indiscriminado del Gobierno sobre la inversión extranjera, al que solo Hungría se acerca. Se castiga a autonomías que bajan impuestos y se pone como ejemplo a las que los suben.

Pretender que la recuperación, la equidad, el empleo y el progreso llegarán con las recetas del populismo radical de Iglesias, el populismo independentista, insolidario y sectario de Rufián, y el populismo filoterrorista con vocación dinamitera del Estado de Otegi, es una quimera. Y ese experimento lo acabaremos pagando todos muy caro.

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